Julio deslizaba sus dedos por el
clítoris de Catalina, ella no quería soltarlo; quería más, no sabía de qué,
pero quería más…
Hace mucho que ninguno de los dos
empañaba el cancel de la regadera, parecía que les enorgullecía esa neblina
creada a base de sudor, aliento y jadeos.
Catalina llegó temprano; mucho
antes que Julio, no es que él fuera impuntual, pero ella tenía que salir con más
anticipación, siempre a la misma hora, para que, en su casa, no le pidieran
explicaciones. En cambio, a Julio, nadie le cuestionaba nada, mientras llegará
antes de la hora de comer, podría liberarse de culpas y cuestionamientos.
Esta vez Catalina fue quien le
arrancó la ropa a su hombre. Normalmente a Julio le excitaba rasgarle las
medias y comenzar a acariciar su sexo sin quitarle la falda, pero hoy, habían decidido
hacerlo en la regadera y, para que se le secara el cabello a Catalina a tiempo,
era importante meterse a bañar lo antes posible, y así, el calor del cuarto
(del único hotel en el que los dejaban pasar sin hacer tantas preguntas, o
quizá el único en el que sí podían entrar), bastaría para secarle el cabello o,
al menos, disimular un poco la humedad.
A pesar de su torpeza, logaron
excitarse en la regadera, perdieron el miedo a resbalarse, a lastimarse o a
caerse. Se acariciaron como salvajes. Parecían primerizos, y en cierto modo, al
menos en la regadera, lo eran, pero también era la primera vez que se habían
despojado de la ropa por completo, lo que le causaba a Julio un temblor de piernas
sin precedente y, a Catalina, por supuesto, le subía la temperatura sentir el
antebrazo de Julio en su entrepierna.
- Lo bueno de
los hoteles es que nunca se acaba el agua caliente…
Le decía Julio al oído mientras
movía sus dedos en su sexo, acertando al clítoris en repetidas ocasiones, lo
que causaba una especie de grito entrecortado de Catalina.
Más que el agua caliente, era la
clandestinidad la que hoy, los tenía tan excitados. Nunca habían podido tener
sexo con tanta libertad, su intimidad se había reducido a aquella vez en la
fiesta de fin de año de su grupo en que, Catalina, le hizo señas a Julio antes
de entrar a la cocina por los tehuacanes.
En aquella ocasión tuvieron casi
diez minutos de intimidad, insuficientes para lograr la odisea que hoy habían
conquistado en su hotel de paso, pero, bastaron para que ella le besará el pene
a Julio entre una bragueta estorbosa y las manos de Julio que intentaban
advertirle de que alguien podría descubrirlos. Más tarde, él se arrepintió de
haberla apresurado, ya que en los quince minutos subsecuentes nadie entró a la
cocina.
Ya en la cama, Catalina presumía
su desnudez ante la mirada perversa de Julio, quien, tenía toda la intención de
estrenar el juguetito que había logrado conseguir, pidiéndole a un amigo suyo,
chofer de un microbús, se lo comprara para
la ocasión; ya que, en repetidas ocasiones, lo habían intimidado en la Sex Shop de la esquina de su casa y,
cuando por fin se lograba colar hasta la caja, con el pene sintético en la
mano, las miradas incriminatorias de la dependiente punk y del chavo de la entrada lo hacían desistir.
La primera reacción de Catalina
al ver lo que Julio le había comprado fue un ataque de risa, al cual, Julio,
respondió con un embate de lengüetazos en el cuello. Al final, el atrevimiento
de Julio, terminó por darle a ella una serie de orgasmos, tan cerca uno del
otro que la hicieron desvanecer.
Julio se asustó demasiado, pero
Catalina le puso la mano en las nalgas y con un masaje suave le dio a entender
que todo estaba bien.
Al final se quedaron dormidos,
desnudos, con una ternura que a cualquiera le hubiera llevado al llanto menos a
ellos. A ellos más bien se les hizo tarde.
Cuando se dieron cuenta, eran
casi las cuatro de la tarde y, la escena que seguía a continuación, terminaba
con cualquier erotismo o romance con el que hubieran querido quedarse en la
mente.
Ella se vistió con una rapidez de
la cual se sorprendió, en su casa seguramente estaban preocupados y buscándola
con la única intención de regañarla por haberse escapado sin avisar en donde
estaba.
Julio, por el contario, se vistió
con una calma que desesperó a Catalina, a tal grado de que lo dejó solo en el
cuarto y salió con un azotón de puerta que le rompió el corazón a él, que,
resignado se vestía escuchando en su mente los regaños y reclamos de los que
sería objeto. Pero a la vez pensaba para sí mimo: “Si supieran que lo que
estaba haciendo era coger con Catalina en un hotel…. Me encantaría ver la cara
que pondrían todos.”
Catalina salió apresurada del
hotel, tanto, que olvidó pedir la credencial que había tenido que dejar al
encargado para que los dejaran entrar.
Tomó un taxi en medio de la lluvia, lo que le recordó lo absurdo de
haberse preocupado tanto por no llegar con el cabello mojado.
A la entrada del edificio ya
estaban varias personas buscándola, cuando la vieron bajar del taxi, la primera
que se acercó a ella fue su nieta Karina, quien la abrazó con fuerza diciendo:
- Abue, abue,
mi mamá nos dijo que a lo mejor te había pasado algo.
- No me pasó
nada hijita - respondía clavando la
mirada en la multitud que la miraba inquisidora - sólo me quedé platicando un ratito más.
Contrapunteando el momento con su
nieta, acto seguido, entró a escena su hija, quien, exagerando como era su
costumbre, comenzó a gritarle envuelta en un llanto, falso pero necesario, para
atenuar la escena ante los vecinos que poco a poco informaban unos a otros que,
Doña Cata, estaba bien y que ya estaba con su hija,
Los reclamos esta vez hirieron
más allá que las anteriores, esta vez se sentía injustamente humillada ante una
hija a la que, ella, le había ayudado, como cómplice, a ocultar más de tres
veces un episodio como el que, hoy, Catalina tenía que callar avergonzada y
cabizbaja.
¿Dónde había quedado la hija
cómplice? ¿Por qué ella tenía que esconder lo que, hace más de quince años, su
hija le confesaba a ella llena de ilusión y clandestinidad?
Después de la quinta repetición
automática, de que se había ido con sus amigas del Yoga a tomar un café al Vips,
Renata se dio por satisfecha y dejó de decirle palabras como: egoísta, inconsciente,
mal agradecida, desconsiderada e imprudente.
De todas esas palabras, las que
más le habían herido eran: desconsiderada y mal agradecida; y no terminaba de
entender en dónde estaba la imprudencia.
En realidad, si algo tenían que
aplaudirle a Cata era en la prudencia, cuidado y discreción con la que había
manejado su relación con Julio. Estaba segura que si, por llegar unas horas
tarde a su casa había sucedido semejante episodio, no quería ni imaginarse lo
que le habrían dicho si la encontrarán besando y tocando a Julio en algún
parque.
No es que no lo hicieran, en dos
o tres ocasiones, se había ido de pinta de su grupo de Yoga para ver a
Julio. Pero siempre se citaban en
parques muy lejanos de sus casas, para evitar escenas y humillaciones a las que
no tenían por qué someterse. Pero igual, lo de los parques nunca les pareció
buena idea. Eran casi dos horas de camino entre ir al lugar y regresar, para
sentirse lo suficientemente seguros, contra cuarenta minutos, a lo mucho, que
podían estar dándose sus fajecitos.
Julio, por su parte, antes de que
pudiera salir tranquilo de su habitación, el encargado del hotel ya estaba
abriendo con la llave maestra, y sorprendió a su huésped fugaz, atando el
cordón de su zapato.
- Perdone
señor, pero es que pensamos que algo le había pasado y ya íbamos a avisar a la
policía.
Esbozó esa sonrisa en su rostro
que, si la sustituyéramos con palabras, sonaría a algo así como una mentada de
madre. Recogió su credencial del INAPAM, el encargado le dio la que Catalina
había olvidado y salió rumbo al metro.
Sentado, mirando la ventanilla
como si hubiera algo a través, con los ojos perdidos en el túnel, trataba de
recordar la cara de Catalina cuando la estaba penetrando con el juguetito, que
por supuesto, había tenido que dejar en el bote de basura del baño. Pero le bastaba
rememorar los gemidos de su amante para que valiera la pena el dinero
invertido,
Ya en casa, se encontró con dos policías
hablando con sus hijos Manuel, Alejandro, Patricio y la menor, Lucía, quien
lloraba mientras sostenía con una mano el celular y con otra la pequeña mano de
su hija, nieta de Julio, de apenas nueve años. No se hicieron esperar los
reclamos, los gritos, los ataques de histeria, los reproches y las amenazas
tradicionales del asilo.
Julio no se detuvo con nada ni
con nadie, logró atravesar la fila de palabrería y llanto hostil, para llegar
finalmente a su sillón, que era lo único que aún no le parecía ajeno en lo que
algún día fue su casa, antes de que tuviera que alojar a dos de sus hijos y
cuatro de sus nietos.
Ésta última cuestión la usaba
siempre con ironía cada vez que Cata le reprochaba el que la quisiera llevar a
un hotel.
- Lo siento Catita – le decía con esa sonrisa
que ya he descrito – pero en mi casa no creo que podamos encerrarnos porque los
cuartos que tienen puerta ya los tienen mis hijos y nietos. Y en mi sofá cama,
además de incómodo, nos van a escuchar los vecinos.
Catalina no pudo dormir esa
noche, por un lado, la piel le olía otra vez a sudor de hombre y le erizaba los vellos de todo el cuerpo
recordar cada momento con Julio en el hotel; por el otro, se frustraba de saber todo lo que tendría que
pasar para repetir un encuentro como ese, y más ahora, que se redoblaría la
vigilancia sobre la abuela, asignando a Carlitos para llevarla y recogerla del
Yoga sin excepción.
Julio se preparó un café a
escondidas, cerró los ojos, y comenzó a masturbarse pensando en Catalina,
procurando no hacer mucho ruido con los resortes del sofá cama.
® 2013, Andrés Castuera-Micher. Publicado en 2017
en el libro "Renglones que Saben a Ciudad"
cabe en un canapé
ResponderEliminarEs muy real,las personas de la tercera edad también tienen su corazoncito
ResponderEliminarQue divertido leer que las personas viejas tengan buenos orgasmos.! Cuando llegue a ser anciano tendré más cuidado. =D .
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