Seguramente hubiera sido malo.
Pero era mío.
En ese cuaderno de pasta azul y espirales gruesas quedaron momentos inolvidables, para bien o para mal.
Ahí, en sus páginas rayadas, me creí poeta por primera vez.
Seguramente ni eran poemas, pero cuando los escribía, hagan de cuenta que lo eran.
No tenía porque llevárselo. Sí, los besos, los labios, las caricias, los silencios.
Sí, también los secretos.
Las promesas, sobre todo las promesas, esas que llegan cuando necesitas creerlo todo, con esas llegó, con una maleta llena.
Leyó mis letras, a mano, todos los poemas estaban a mano...
Le gustaron, o quizá no, pero qué bien disimulaba.
Lo guardó en su bolsa...
A mi me calló con un beso cualquier intento por recobrar la que, ahora sé, iba a ser la única oportunidad de recuperar ese cuaderno.
Seguramente tenía más tinta que poesía y más páginas que figuras retóricas, pero era mío.
Desapareció. Ella. El cuaderno. Y el que, decía yo, sería mi primer libro.
Recuerdo uno que escribí a mi abuelo.
Los demás, momentos de soledad, mis charlas con los árboles y confesiones...
Despareció. Se lo robó. Pero era mío.
Ni siquiera sé si lo guardó, si lo guarda.
Ni siquiera sé si a sus cincuenta y tantos sepa que lo tiene o que lo tuvo.
Por si a alguien pudiera interesarle, Marisol me robó mi cuaderno de poemas.
Y mi primer libro nunca fue el primero
®2026, Andrés Castuera-Micer






