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8/10/26

Elegía a mi primer libro

 


 Seguramente hubiera sido malo.

Pero era mío.

En ese cuaderno de pasta azul y espirales gruesas quedaron momentos inolvidables, para bien o para mal.

Ahí, en sus páginas rayadas, me creí poeta por primera vez.

Seguramente ni eran poemas, pero cuando los escribía, hagan de cuenta que lo eran.

No tenía porque llevárselo. Sí, los besos, los labios, las caricias, los silencios.

Sí, también los secretos.

Las promesas, sobre todo las promesas, esas que llegan cuando necesitas creerlo todo, con esas llegó, con una maleta llena.

Leyó mis letras, a mano, todos los poemas estaban a mano...

Le gustaron, o quizá no, pero qué bien disimulaba.

Lo guardó en su bolsa...

A mi me calló con un beso cualquier intento por recobrar la que, ahora sé, iba a ser la única oportunidad de recuperar ese cuaderno.

Seguramente tenía más tinta que poesía y más páginas que figuras retóricas, pero era mío.

Desapareció. Ella. El cuaderno. Y el que, decía yo, sería mi primer libro.

Recuerdo uno que escribí a mi abuelo.

Los demás, momentos de soledad, mis charlas con los árboles y confesiones...

Despareció. Se lo robó. Pero era mío.

Ni siquiera sé si lo guardó, si lo guarda.

Ni siquiera sé si a sus cincuenta  y tantos sepa que lo tiene o que lo tuvo.


Por si a alguien pudiera interesarle, Marisol me robó mi cuaderno de poemas.

Y mi primer libro nunca fue el primero


®2026, Andrés Castuera-Micer


De mi libro Renglones de Medio Siglo 

4/10/26

Arethé

 


Érase una vez una preparatoria donde no cabían lo sueños, donde entre sacos y corbatas se trataba de aniquilar cualquier insurrección, cualquier idea rebelde que se saliera del molde. 

Por supuesto en los moldes cabían la mayoría, casi todos, pero había unos cuantos que se resistían a dejar de soñar. Uno de ellos, que soñaba despierto que deambulaba por el angosto y hostil patio, tenía claro que ninguna pared iba a detener las ideas locas y que salían de forma vertiginosa de su cabeza, estrellándose en cada pared, en cada reja... Ese pequeño loco de diecisiete conoció a otra loca un año mayor que él que, triste, contaba que su sueño era ser actriz. El loco aquel le dijo que tenía una obra de teatro que se llamaba “La Otra Cara de la Moneda” y que el personaje principal se parecía mucho a ella... Aquella actriz rubia y de mirada profunda le dijo que la quería leer... Todo iba bien, salvo que la obra no existía, entonces el loco tuvo que sentarse en su máquina de escribir durante siete horas, no dormir aquella noche hasta tener aquel libreto, carente de toda técnica, pero lleno de ilusión y prácticamente escrito con las vísceras, hasta tener esa páginas que pondría en manos de aquella estudiante de quinto de prepa que, mientras leía, volvía a soñar...

- ¡Hagámosa! - dijo ella.

- ¡Hagámosla! - dijo él.


Solo faltaba conseguir un grupo de locos, pues resulta que había muchos, más de veinte. Seguro no les darían permiso por lo que, aquel loco, inventó que se trataba de un grupo de estudios de matemáticas que requería de un salón alejado y silenciosos y sería durante el turno vespertino...

Así comenzó “La Otra Cara de la Moneda” ella sería la protagonista... y el resto, todos, un grupo de locos haciendo su sueño realidad.

Un día, la escena de los golpes, la famosa escena de la golpiza, terminó en un vidrio roto y en que fuéramos descubiertos en nuestro falso grupo... Cabe señalar que nadie sabía de aquella mentira, todas las y los que estaban aquella tarde en el ensayo creían que el grupo de teatro era legal y contaba con permisos...

A la oficina del director.

¿Quién iba a pensar que el director del turno vespertino era un músico al que no le habían dejado cumplir sus sueños y que defendería la iniciativa de aquel grupo teatral de seguir adelante ante el tirano director del turno matutino y, además, dueño de la preparatoria?

Y sí, con la necedad y el corazón como bandera, aquel grupo estrenó “La Otra Cara de la Moneda”, el grupo decidió llamarse Arethé, que según la maestra de filosofía significaba “virtud”. 

La preparatoria cerró. 

La actriz rubia no se dedicó al teatro.

El loco sigue de necio con que el teatro puede cambiar al mundo.

Arethé, al momento de este relato, lleva treinta y tres años de resistencia a través del teatro independiente.


®2026, Andrés Castuera -Micher

De mi libro Renglones de Medio Siglo 


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2/10/26

Carta a Don Andrés



 Señor Don Ermitaño Castuera:


Ignoro si está usted vivo sobre esta tierra al momento de escribirse esta carta que, por razone obvias no recibirá, pero la escribo no obstante para dar fe, para acusar de recibo la noticia de su cáncer, de su muerte lenta.

¿A poco cree que después de su ausencia, a mi me importa la suya? ¿La permanente?

De usted nomás tengo el apellido, mismo que conservo porque no se escucha nada mal.

Usted es la definición literal, metafórica y simbólica de un padre ausente, ausente porque quiso, ausente porque pudo y ausente porque se lo permitieron.

Y yo, hoy me asumo, me convierto y me consolido en un hijo ausente ¿por qué no?

Exijo mi derecho a ausentarme aunque me necesite.

A no marcar su número aunque me lo haya enviado, a borrarlo, olvidarlo y no usarlo jamás.

A no dar explicaciones.

A no preocuparme por un padre que no se preocupó por un hijo.

A vivir mi vida a mi estilo, a mi antojo y lejos de usted.


Señor Castuera, si hubiese algo que agradecer, tómese este renglón como agradecimiento.

No lo odio, no lo amo, no lo extraño.


Lo extrañé. Lo necesité. Lo amé. 


Y así, conjugándolo en pasado, le deseo un buen viaje.



®2026, Andrés Castuera-Micher

De mi libro "Renglones de Medio Siglo"



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30/9/26

Sandra

 

El pueblo aquel se llamaba Córdoba, aunque se sigue llamando así, ya no es aquel lugar donde Andrés y Sandra se conocieron en aquel año nuevo. 

Nunca habían creído en el amor a primera vista pero siempre hay una primera vez. Aunque Sandra estaba por terminar la secundaria, Andrés, en primer año, ya se sentía con derecho a que una de tercero se enamorara de él. 

Nunca se supo a ciencia cierta si se enamoraron pero se besaron o el menos ella lo besó y él aprendió a besar y entre beso y beso se despedían hasta el año siguiente. Sandra siempre fue ese amor constante y esos ojos negros que Andrés tenía presentes en cada sueño.

En esos tiempos de la Córdoba que les cuento, existía el correo, aunque todavía existe, ya no es el correo de aquellos tiempos. Sandra escribía, Andrés respondía y el ritual de comprar los timbres postales y pegarlos en el sobre acompañados de un beso y dos suspiros, aquel ritual era el augurio de un amor que crecería y maduraría...

Aunque al lector le parezca un cuento de hadas, Andrés y Sandra se escribieron por años, se besaron por años, muchas veces a escondidas y no es que fueran novios, eran eso: Sandra y Andrés...

Cuando hicieron el amor por primera vez, supieron que sé deseaban y posiblemente se amaban, pero el amor había estado ahí, siempre, pero ahora tenía otras formas de habitarlos.

Por complicado que parezca creerlo: Andrés y Sandra se casaron...

El final feliz no existe, cierto, pero Sandra y Andrés, a pesar de la distancia, nunca conocieron el final.

®2026, Andrés Castuera-Micher 

De mi libro: "Renglones de Medio Siglo"

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26/9/26

El jardín del pulpo

 



Sólo en ese lugar podía sentirme seguro.

Ponía esa canción de Ringo una y otra vez.

Sin el jardín del pulpo no lo habría logrado, 

solo en un lugar así se soportan tantos golpes.

Ahí, bajo las olas, era mi lugar seguro, ahí los gritos no se escuchan

los platos lanzados contra la pared no se rompen 

y los llantos de los demás se oyen lejanos...


Todos deberíamos tener un jardín del pulpo

para dejar de escuchar lo que nos duele...


Es un lugar grande, aunque yo era pequeño

después crecí y siempre cupe 


Por eso no salí gritando, 

por eso solo huí una vez

Porque estaba en un lugar seguro...


Ahí quiero estar, en el jardín del pulpo.



®2026. Andrés Castuera-Micher


De mi libro: Renglones de Medio Siglo

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25/9/26

Solo tenía once

 

Nunca sabré cómo se siente tener once años.

No recordaré sonrisas de once, me las quitaste.

Los cuerpos pequeños son para mancharse de polvo, para rasparse las rodillas, para sonrojarse...

No recuerdo lo que es tener un cuerpo de once años, no lo tuve, me lo robaste.

Nunca me gustó el fútbol, es cierto, pero había muchas cosas que hacer, afuera...

Afuera, jugando, gritando, leyendo, volando, soñando... ahí quería estar..

A los once años los niños no deben estar desnudos en la cama con una madrastra

sin escrúpulos, ni siquiera tenía que saber que existía esa palabra...

Las esposas de los padres son para tener sexo con los padres, no con los hijos.

Si tuve un pastel con once velas, no lo recuerdo, no sé si sabía a algo,

si lo hubo debió saber amargo, no como el chocolate amargo, amargo como el silencio.

A los once se trata de tener novia, sonrojarse cuando te toma de la mano...

A los once se sueña con el primer beso, no se trata de que se los roben, cómo tú...


Sólo tenía once años y tuve que aprender sin querer, a tener sexo

a desear sin desearlo a tocar lo que hubiera querido descubrir...

A los once no se besa ni se penetra a una mujer trece años mayor...


Sólo tenía once años y tuve que sentir orgasmos como de quince o dieciseís.

Tuve que guardar secretos de esos que nunca deberían quedarse callados...


Sólo tenía once años y era el amante de la esposa de mi padre.

A los once, uno no hace el amor, a los once a uno lo violan, como tú lo hiciste conmigo

A la edad que sea, a uno no le creen porque esas cosas no pasan.


®2026. Andrés Castuera-Micher

De mi libro: Renglones de Medio Siglo


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22/9/26

Carta a Don Manuel



Abuelo:


Este mundo no me entiende, no entiende que me faltaron más consejos tuyos, que te me fuiste muy pronto y que quedaron muchas cosas sin ser explicadas por tu sabiduría milenaria.


¿Cómo explicar que solo soy un ser humano al que le faltaron más palabras y palmadas en la espalda de su abuelo?


Tu ejemplo, por ejemplo, sé que lo tengo claro pero se desdibuja cuando las cosas no son como tú decías que tenían que ser. Creo que hiciste bien en haberte ido hace tantos años, el mundo, así como está, no es para personas buenas, sabias y sonrientes. 


Deberías estar sentado conmigo en la cocina, con esas recetas que solo tú podías sazonar, con los ingredientes mágicos y secretos que sacabas de aquella alacena inmensa.


Viejo, el mundo cambió, se volvió una cosa llena de sentimientos como esos que me daban cuando tenía pesadillas, pero que no se quitan cuando me despierto. ¿Sabes? Te fuiste y por eso se comenzó a podrir el mundo. 


Cómo me hiciste falta cuando comencé a odiar a Dios porque cuando preguntaba por ti todos me decían que él, que ese dios sabía porque hacía las cosas. Cómo me hubiera gustado discutir ese injusto proceder contigo.


¿Sabes viejo? Ya sé jugar dominó, ya puedo sentarme frente a ti en la mesa de madera y no sólo ver tus fichas y guardar ese silencio que tú me enseñaste.


Me gustaría que supieras como me ha servido ese silencio de dominó en algunas partidas de la vida pero también a veces se me atoran las palabras porque se nos quedaron muchas definiciones pendientes.


Todos deberíamos tener derecho a tener un abuelo al menos hasta los diez o los once, o hasta que uno entienda lo que debe hacerse con los golpes de la vida.


Quedarse sin abuelo a los siete, debería considerarse un crimen, incluso si es dios quien lo comete.


®2026. Andrés Castuera-Micher


De mi libro: Renglones de Medio Siglo

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