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3/11/26

Que absurdo ser poeta después de Sabina

 

¿A quién se le ocurre jugar al poeta en tiempos de Sabina?

Ese tal Joaquín, ese fulano de tal ya escribió en sus canciones 

casi todo lo escribible

y con las sobras que dejó ahí se la va uno capoteando.

Vivir un vida con el Sabina en la cabeza, con sus canciones en todas las partes del cuerpo que duelen y, luego, escribir algo que más o menos duela, pero que duela distinto y que no,

que  no suene tanto a lo que el flaco ya dijo, aunque duela lo mismo y uno quiera decirlo.

¡Que papelón querer decir las cosas que entre medias negras y crisantemos ya las ha gritado, cantado y hasta patentado!

Debería considerarse ilegal querer hablar del desamor en tiempos de Joaquín Sabina.

Cualquier día que se escriba, que se destile, siempre quedará dentro de esos diecinueve y, ni hablar de las noches, más de quinientas, o mil, ya todo aparece en sus canciones “all inclusive”.

Pero cuando uno no sabe o no quiere saber hacer otra cosa, 

le queda mudarse a cualquier calle, a cualquier casa y procurar que el número no sea siete.

Igual, uno se va a morir con dos o tres poemas virales o con suerte cuatro

y el Sabina, que no, que ese no se muere ni este mundo ni en el otro.

Uno debería estarse quieto y seguir escuchando una y otra vez esas canciones que hubiera deseado haber escrito pero que no, que no son de uno sino del tal Sabina.

Debería pues uno resignarse, escuchar, llorar, escuchar...

Pero uno escribe, no obstante y asume las consecuencias.


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1/11/26

Mazinger Z

 

Cualquiera que haya soñado en los ochenta, alguna vez debió desear ser Mazinger Z.

Qué ganas de que los puños pudieran lanzarse y hacer pedazos a cualquiera que se atravesara en tu camino.

Quién no hubiera deseado tener rayos que salieran del pecho, de los ojos y que, aún cuando ya le estuvieran dando en la madre, siempre salía un arma por ahí, a medio funcionar, que inclinaba la balanza a su favor.

Eso de meterse en una navecita y entrar en la cabeza de un robot gigante y ser algo así como “su cerebro”, ¿quién se lo perdería?

Sí, también es cierto que Afrodita “A”, despertó nuestras más perversas fantasías de pubertad al lanzar su par de senos como proyectiles, pero bueno, no pueden culparnos por eso.

Cualquiera debería poder ser Mazinger un día en su vida por lo menos, que lo volvieran chatarra, que lo dejarán inservible pero, al siguiente capítulo, estar como nuevo y listo para repartir madrazos.

Y además, volar.

Cuando se te antoje, abrir la montaña y que salga un par de alas a tu medida y entonces: Volar.

Repartir madrazos y volar.

¡Qué ganas de ser Mazinger Z!


®2026, Andrés Castuera-Micher

De mi libro Renglones de Medio Siglo 

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25/10/26

Días de Radio



He dedicado más de la mitad de mi vida a la radio, a esa caja de sueños que deja volar la imaginación o que, al menos dejaba hacerlo. Siempre fui un ferviente escucha de Radio 620 “La música que llegó para quedarse” mucho tendrá que ver que aquel Dart 79, que tuve en los noventa, solo tenía la banda de Amplitud Modulada, lo cual siempre agradeceré. A dónde iba, con tráfico o sin él, siempre había buena música y, por supuesto, un locutor acompañándome. 

Cuando se fundó Código DF, la primera radio cultural en línea y me invitaron a ser parte de ese gran proyecto (lo fue hasta que la burocracia lo destruyó en lo que hoy llaman Código 21) mi sueño de poder hacer viajar mi voz por el ciber espacio se hizo realidad. No solo hablar, decir, tener clara la responsabilidad de un micrófono frente a ti y que otros escucharían. Palabras Urgentes, Ciclorama y Talla CH, fueron, por casi diez años, los espacios para que mi voz fuera la voz de la poesía, el teatro y el arte independiente. La radio, pues, haciendo su magia. 

Después llegó Radio Red y aquel programa hermoso “Buen fin de Semana” que por ocho años hice al lado de mi querida Cony Madera... Que días de radio aquellos.

Un proyecto que extraño mucho y que lamento que la burocracia de la Secretaría de Cultura haya terminado por exterminar fueron los Radio Dramas que durante tres años hice con las y los estudiantes del Colegio de Literatura Dramática y Teatro de la UNAM.

Crear historias con la voz para que la imaginación del o la escucha completará la historia, un homenaje a lo que fueron las radio novelas y un intento poderoso de retomar aquel género que cautivó a millones durante décadas.

Hoy, la radio no existe más, o no como la radio en sí.

La radio hablada ha sucumbido ante la programación musical durante todo el día o los noticieros que repiten una y otra vez lo mismo.

La llegada de las plataformas de streaming, los podcasts han terminado con una era dónde la voz tenía el poder y la responsabilidad de despertar la imaginación, la conciencia de quien la escuchaba.

Sí, la tecnología podrá habernos alcanzado, ahora cualquiera puede hacer un podcast y si bien aplaudo la democratización de los medios, también extraño que los contenidos sean eso: contenidos.

Qué días de radio aquellos.

®2027, Andrés Castuera-Micher 

De mi libro Renglones de Medio Siglo 

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18/10/26

El profe Andrés


Como nadie ha escrito sobre el profe Andrés, será el profe Andrés el que hable del profe Andrés. 

¿Por qué? Porque se trata de un buen tipo que siempre quiso ser profe y que ahora que lo es lo quiere dejar escrito hasta en la sopa.

El profe Andrés es un buen tipo que, incluso, se atreve a escribirse a sí mismo sin que le importe lo que digan.

Cuando comenzó, sus alumnos eran incluso mayores que él y eso le gustaba, los retos siempre han sido su mayor obsesión.

Por ser un maestro tan joven, en aquellos ayeres, se metió en varios problemas, pues de esos en los que se meten o en los que meten a los profes cuando su edad es casi la misma que sus estudiantes, pero el profe supo como salir adelante para seguir siendo profe.

El profe Andrés ya usa sombrero desde hace unos años, no porque quiera esconder su calva que es casi pelona, más bien porque el sol y él no se llevan bien.

El profe se levanta muy temprano porque vive muy lejos de su salón y le gusta llegar temprano, a sus alumnos no les gusta tanto, pero él sigue llegando temprano.

Al profe Andrés le duele la espalda, mucho, pero cuando esta de pie frente a esas mentes dispuestas a comerse al mundo, el dolor se la va por un ratito y se las ingenia para que casi o se note.

El profe quiso ser profe desde que conoció a su profe Carlos en la prepa y a su maestra Mónica y le hicieron enamorarse de la historia y el teatro... ¿Qué cosas no? Hoy el profe Andrés enseña justo: Historia del teatro.

Es un cincuentón que se las da de rebelde del mundo, al que nada le parece y que siempre tendrá una queja contra el mundo que compartir.

Al profe Andrés, le han hecho cosas feas, le han inventado cosas que nunca hizo y le han querido hacer mucho daño y sí, le han quitado el sueño y le han secado los ojos, pero él sabe quién es y lo que ha hecho y lo que no y por eso nunca dejó de pararse un solo día en su salón...

El profe Andrés ama ser el profe Andrés y sobre todo ama ser profe.

Por supuesto que hay quien odia a ese profe pero, el profe lo sabe, son muchos más los que le quieren y por eso no se raja aunque lo rajen.


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8/10/26

Elegía a mi primer libro

 


 Seguramente hubiera sido malo.

Pero era mío.

En ese cuaderno de pasta azul y espirales gruesas quedaron momentos inolvidables, para bien o para mal.

Ahí, en sus páginas rayadas, me creí poeta por primera vez.

Seguramente ni eran poemas, pero cuando los escribía, hagan de cuenta que lo eran.

No tenía porque llevárselo. Sí, los besos, los labios, las caricias, los silencios.

Sí, también los secretos.

Las promesas, sobre todo las promesas, esas que llegan cuando necesitas creerlo todo, con esas llegó, con una maleta llena.

Leyó mis letras, a mano, todos los poemas estaban a mano...

Le gustaron, o quizá no, pero qué bien disimulaba.

Lo guardó en su bolsa...

A mi me calló con un beso cualquier intento por recobrar la que, ahora sé, iba a ser la única oportunidad de recuperar ese cuaderno.

Seguramente tenía más tinta que poesía y más páginas que figuras retóricas, pero era mío.

Desapareció. Ella. El cuaderno. Y el que, decía yo, sería mi primer libro.

Recuerdo uno que escribí a mi abuelo.

Los demás, momentos de soledad, mis charlas con los árboles y confesiones...

Despareció. Se lo robó. Pero era mío.

Ni siquiera sé si lo guardó, si lo guarda.

Ni siquiera sé si a sus cincuenta  y tantos sepa que lo tiene o que lo tuvo.


Por si a alguien pudiera interesarle, Marisol me robó mi cuaderno de poemas.

Y mi primer libro nunca fue el primero


®2026, Andrés Castuera-Micer


De mi libro Renglones de Medio Siglo 

4/10/26

Arethé

 


Érase una vez una preparatoria donde no cabían lo sueños, donde entre sacos y corbatas se trataba de aniquilar cualquier insurrección, cualquier idea rebelde que se saliera del molde. 

Por supuesto en los moldes cabían la mayoría, casi todos, pero había unos cuantos que se resistían a dejar de soñar. Uno de ellos, que soñaba despierto que deambulaba por el angosto y hostil patio, tenía claro que ninguna pared iba a detener las ideas locas y que salían de forma vertiginosa de su cabeza, estrellándose en cada pared, en cada reja... Ese pequeño loco de diecisiete conoció a otra loca un año mayor que él que, triste, contaba que su sueño era ser actriz. El loco aquel le dijo que tenía una obra de teatro que se llamaba “La Otra Cara de la Moneda” y que el personaje principal se parecía mucho a ella... Aquella actriz rubia y de mirada profunda le dijo que la quería leer... Todo iba bien, salvo que la obra no existía, entonces el loco tuvo que sentarse en su máquina de escribir durante siete horas, no dormir aquella noche hasta tener aquel libreto, carente de toda técnica, pero lleno de ilusión y prácticamente escrito con las vísceras, hasta tener esa páginas que pondría en manos de aquella estudiante de quinto de prepa que, mientras leía, volvía a soñar...

- ¡Hagámosa! - dijo ella.

- ¡Hagámosla! - dijo él.


Solo faltaba conseguir un grupo de locos, pues resulta que había muchos, más de veinte. Seguro no les darían permiso por lo que, aquel loco, inventó que se trataba de un grupo de estudios de matemáticas que requería de un salón alejado y silenciosos y sería durante el turno vespertino...

Así comenzó “La Otra Cara de la Moneda” ella sería la protagonista... y el resto, todos, un grupo de locos haciendo su sueño realidad.

Un día, la escena de los golpes, la famosa escena de la golpiza, terminó en un vidrio roto y en que fuéramos descubiertos en nuestro falso grupo... Cabe señalar que nadie sabía de aquella mentira, todas las y los que estaban aquella tarde en el ensayo creían que el grupo de teatro era legal y contaba con permisos...

A la oficina del director.

¿Quién iba a pensar que el director del turno vespertino era un músico al que no le habían dejado cumplir sus sueños y que defendería la iniciativa de aquel grupo teatral de seguir adelante ante el tirano director del turno matutino y, además, dueño de la preparatoria?

Y sí, con la necedad y el corazón como bandera, aquel grupo estrenó “La Otra Cara de la Moneda”, el grupo decidió llamarse Arethé, que según la maestra de filosofía significaba “virtud”. 

La preparatoria cerró. 

La actriz rubia no se dedicó al teatro.

El loco sigue de necio con que el teatro puede cambiar al mundo.

Arethé, al momento de este relato, lleva treinta y tres años de resistencia a través del teatro independiente.


®2026, Andrés Castuera -Micher

De mi libro Renglones de Medio Siglo 


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2/10/26

Carta a Don Andrés



 Señor Don Ermitaño Castuera:


Ignoro si está usted vivo sobre esta tierra al momento de escribirse esta carta que, por razone obvias no recibirá, pero la escribo no obstante para dar fe, para acusar de recibo la noticia de su cáncer, de su muerte lenta.

¿A poco cree que después de su ausencia, a mi me importa la suya? ¿La permanente?

De usted nomás tengo el apellido, mismo que conservo porque no se escucha nada mal.

Usted es la definición literal, metafórica y simbólica de un padre ausente, ausente porque quiso, ausente porque pudo y ausente porque se lo permitieron.

Y yo, hoy me asumo, me convierto y me consolido en un hijo ausente ¿por qué no?

Exijo mi derecho a ausentarme aunque me necesite.

A no marcar su número aunque me lo haya enviado, a borrarlo, olvidarlo y no usarlo jamás.

A no dar explicaciones.

A no preocuparme por un padre que no se preocupó por un hijo.

A vivir mi vida a mi estilo, a mi antojo y lejos de usted.


Señor Castuera, si hubiese algo que agradecer, tómese este renglón como agradecimiento.

No lo odio, no lo amo, no lo extraño.


Lo extrañé. Lo necesité. Lo amé. 


Y así, conjugándolo en pasado, le deseo un buen viaje.



®2026, Andrés Castuera-Micher

De mi libro "Renglones de Medio Siglo"



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