Señor Don Ermitaño Castuera:
Ignoro si está usted vivo sobre esta tierra al momento de escribirse esta carta que, por razone obvias no recibirá, pero la escribo no obstante para dar fe, para acusar de recibo la noticia de su cáncer, de su muerte lenta.
¿A poco cree que después de su ausencia, a mi me importa la suya? ¿La permanente?
De usted nomás tengo el apellido, mismo que conservo porque no se escucha nada mal.
Usted es la definición literal, metafórica y simbólica de un padre ausente, ausente porque quiso, ausente porque pudo y ausente porque se lo permitieron.
Y yo, hoy me asumo, me convierto y me consolido en un hijo ausente ¿por qué no?
Exijo mi derecho a ausentarme aunque me necesite.
A no marcar su número aunque me lo haya enviado, a borrarlo, olvidarlo y no usarlo jamás.
A no dar explicaciones.
A no preocuparme por un padre que no se preocupó por un hijo.
A vivir mi vida a mi estilo, a mi antojo y lejos de usted.
Señor Castuera, si hubiese algo que agradecer, tómese este renglón como agradecimiento.
No lo odio, no lo amo, no lo extraño.
Lo extrañé. Lo necesité. Lo amé.
Y así, conjugándolo en pasado, le deseo un buen viaje.
®2026, Andrés Castuera-Micher
De mi libro "Renglones de Medio Siglo"
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