Abuelo:
Este mundo no me entiende, no entiende que me faltaron más consejos tuyos, que te me fuiste muy pronto y que quedaron muchas cosas sin ser explicadas por tu sabiduría milenaria.
¿Cómo explicar que solo soy un ser humano al que le faltaron más palabras y palmadas en la espalda de su abuelo?
Tu ejemplo, por ejemplo, sé que lo tengo claro pero se desdibuja cuando las cosas no son como tú decías que tenían que ser. Creo que hiciste bien en haberte ido hace tantos años, el mundo, así como está, no es para personas buenas, sabias y sonrientes.
Deberías estar sentado conmigo en la cocina, con esas recetas que solo tú podías sazonar, con los ingredientes mágicos y secretos que sacabas de aquella alacena inmensa.
Viejo, el mundo cambió, se volvió una cosa llena de sentimientos como esos que me daban cuando tenía pesadillas, pero que no se quitan cuando me despierto. ¿Sabes? Te fuiste y por eso se comenzó a podrir el mundo.
Cómo me hiciste falta cuando comencé a odiar a Dios porque cuando preguntaba por ti todos me decían que él, que ese dios sabía porque hacía las cosas. Cómo me hubiera gustado discutir ese injusto proceder contigo.
¿Sabes viejo? Ya sé jugar dominó, ya puedo sentarme frente a ti en la mesa de madera y no sólo ver tus fichas y guardar ese silencio que tú me enseñaste.
Me gustaría que supieras como me ha servido ese silencio de dominó en algunas partidas de la vida pero también a veces se me atoran las palabras porque se nos quedaron muchas definiciones pendientes.
Todos deberíamos tener derecho a tener un abuelo al menos hasta los diez o los once, o hasta que uno entienda lo que debe hacerse con los golpes de la vida.
Quedarse sin abuelo a los siete, debería considerarse un crimen, incluso si es dios quien lo comete.
®2026. Andrés Castuera-Micher
De mi libro: Renglones de Medio Siglo
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