Érase una vez un individuo que aprendió a mentir a corta edad. Algo se había roto y por no tocar las heridas se inventaba otras vidas, otros lugares, incluso otros nombres. No es que no le gustara el suyo pero le recordaba una ausencia, un hueco y por eso se puso el nombre de un personaje que, también, también inventó.
Enlistar ahora las mentiras de Arcadio, lo llamaremos así en honor al nombre que tomó durante los dolorosos años noventa y por respetar el anonimato del autor de este relato que, obviamente es el protagonista de la historia pero que mentirá, dirá que no es él por mantener la tensión dramática y ser congruente con el título.
Decía yo que enlistar las mentiras de Arcadio, a tantos años, sería ocioso, pero para no aburrir a quien lee estos renglones iremos tratando de hilar las más entretenidas.
A partir de este párrafo, cada mentira contada es verdad, es decir, no es que lo haya sido pero es verdad que existió.
Los motivos podrían justificarle, las ganas de no estar en casa, los golpes, los gritos, la madre que no duerme y el padre que no aparece, quizá harían el panorama un poco más amplio pero no es la idea, aquel adolescente se volvió un mentiroso profesional a pesar de lo amateur que era en realidad.
Cuando se inventaba casas y autos, no es que no los tuviera, es que no le gustaba subirse en ellos ni vivir en ese lugar.
La preparatoria fue el doctorado en mentiras y otros relatos de otro mundo paralelo, cada historia que inventaba despertaba la curiosidad de las personas y entonces tenía que inventar el capítulo dos, luego el tres, etcétera y entonces, su vida se volvía interesante...
Le gustaba escribirlas, pero necio, necesitaba contarlas como si fueran ciertas o quizá porque en su mundo de barcos de papel si lo eran.
Enfermó, enfermó varias veces, pero no tenía nada. Le dolía todo, pero no tenía nada, en esos tiempos, en el que todo inventaba, le vino bien una enfermedad en la que nadie, ni los médicos, creían y entonces la historia de nuestro Arcadio mentiroso se puso mucho más sabrosa porque su enfermedad era la mentira constante...
Cada que ingresaba a urgencias, no tenía nada... Cuando supo lo que tenía, pues ya, a nadie de aquellos tiempos le importaba...
Se inventaba amigos, amigas, aventuras, viajes, lugares, amores, desamores...
Cuando las escribía, en su cuaderno azul, eran buenas historias, pero nadie le dijo que no debía contarlas o, al menos, aclarar que eran productos de su imaginación. No estoy seguro de que le gustaba mentir, pero el resultado de sus mentiras le hacía sentir muchas cosas que no sentía de otra manera.
Si creen que la secundaria y la prepa le enseñaron que mentir era malo, no se pierdan los próximos renglones...
Ahora el personaje de Arcadio tenía la palabra y Andrés nada más le seguía el juego... Todo inició como un juego...
En una clase de actuación, todos tenían historias terribles que contar, todos lloraban y no es que nuestra persona no las tuviera, pero no quería hablar de ellas, ya se había ido de su casa, ¿para que arrastrarla con él? No, necesitaba una historia mucho más intensa, ¿a quién le interesaría un niño violado a sus once o golpeado y humillado por años?
Cuando le tocó contar su historia, se inventó una novia, no es que no la hubiera tenido aunque, en ese momento, ciertamente no, no la tenía, una como la que siempre quiso tener y por obvias razones y por necesidad del ejercicio dramático, aquella novia ideal había muerto trágicamente y lo había dejado solo...
Solo sí estaba, pero de otra forma.
Pues sí, ganó el galardón a la historia más triste y se volvió, de nuevo, el centro de atención, el pobrecito que seguía llorando a la que murió... Y bueno, se le ocurrió ponerle rostro, mostrando la foto de una niña a la que siempre quiso y que nunca le hizo caso en la prepa...
Pero la verdad y lo dice quien tanto mintió, la verdad tarde o temprano sale a la luz y más cuando uno le pone cara de las vivas a las muertas.
Un amigo de las mentiras del pasado, se mezcló con las mentiras del presente, invitado ni más ni menos que por nuestro protagonista y pues decidió, públicamente, demostrar la verdad.
Obvio, no lo hizo por amistad, lo hizo por que la niña con la qué el quería, en realidad quería andar con Arcadio, con el Arcadio inexistente, pero pues se ganó esa humillación pública.
Cómo dirían las telenovelas, tuvo su merecido.
Se quedó si amigos. Al final las amistades habían sido de alguien que no existía. Se quedaron muy pocas personas a su lado y por fin, alguien le dijo:
Pues nada más escríbelas, no digas que sucedieron...
®2026, Andrés Castuera-Micher
De mi libro Renglones de Medio Siglo
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