Chat con el.autor

https://connect.facebook.net/en_US/sdk/xfbml.customerchat.js
Mostrando entradas con la etiqueta puntos suspensivos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta puntos suspensivos. Mostrar todas las entradas

9/12/12

¿Sabes algo de Mariana? Crónica Décimo Segunda


¿Sabes algo de Mariana?

Ella estudia teatro, es universitaria y no está de acuerdo con que en su país,el que ha hecho cada vez más suyo, al que quiere ver libre, haya sido comprado, ella cree en que las cosas pueden ser distintas.

Mariana aprendió a utilizar su voto y ha decidido ahora, utilizar su voz. Ella salió a gritar, a alzar la voz, fuerte, tan fuerte cómo sus pulmones lo permitieran.

Mariana caminó, furiosa, indignada, cómo todos sus compañeros de teatro. Alzó la voz, alzó el espíritu, y usó las armas que conoce, el arte, el teatro y la fuerza de las palabra para decir que no está de acuerdo.

Mariana nunca supo que esas armas, las palabras, hieren más que la piedras, que las molotov y que los garrotes, a un presidente que ha hecho de los jóvenes y  de los estudiantes, su peor enemigo.

 Pero Mariana marchaba en una Ciudad que le había ofrecido libertad, solidaridad y protección; Mariana ignora que mientras sus pasos y gritos caminan por el centro de su ciudad libre, quienes la dirigen, inmaduros, nerviosos y a la deriva, han elegido a Mariana y sus compañeras y compañeros para dar una lección a la opinión pública; porque Mariana, no lleva armas, no lleva piedras, y es una presa fácil para la policía.

De pronto la policía les ha cerrado una calle que antes tenía aroma a libertad, les han puesto escudos en la cara. 

Cuando Mariana quiere irse con los demás, la policía ya está cerrando la otra calle. 

Mariana ignora que no muy lejos de ahí, delincuentes a sueldo, han destruido vidrios, bancos, parques y que las cámaras de televisión estaban muy atentas, grabando cada segundo; cómo si supieran cómo, cuándo y dónde sucedería...  mientras que las cámaras ignoraban la lucha pacifista de Mariana... 

Eso no sale en la tele y mucho menos cuando los policías persiguieron a Mariana, porque ya la habían elegido...

De pronto, la voz de Mariana y la poesía de los estudiantes estaba rodeada de escudos, de policías que por la espalda capturaban a los que defendían la inocencia de Mariana...

¿Sabes Algo de Mariana?

Tan sólo se sabe que está con muchas y muchos más en un camión de la policía, su poesía ha sido demasiado fuerte, ha perturbado la paz pública y mientras los delincuentes se ríen al paso del camión que lleva a Mariana, ella y sus camaradas no entienden lo que está pasando. 

Por horas el camión los lleva de un lado a otro, mostrando a Mariana, que esas calles tienen nuevo nombre, nuevo color y nuevo aroma y que su país se lo van a robar calle por calle y no deja de ver cómo los jóvenes y las jóvenes son obligados a subir a camiones, patrullas, camionetas.. 

Mariana comienza a tener miedo...

Nadie sabe nada de Mariana, sólo lo saben los agentes del Ministerio Público que la reciben en los separos... ahí comienza la incertidumbre... A Mariana acaban de quitarle la libertad , el primer día del gobierno contra el que votó, la ha puesto tras las rejas...

...a su lado otros y otras, compañeros de carrera, artistas... jóvenes...

Han pasado las horas y el lugar en que está Mariana, ha sido rodeado de nuevo por la policía, los resguardan  cómo delincuentes peligrosos...

Mariana pasó su primera noche privada de su libertad, los amigos y amigas de Mariana no saben nada,...

Las fotos y los mensajes comienzan a relatar las injusticias, mientras la televisión no se cansa de pasar las imágenes del espectáculo de destrucción, culpando a los detenidos sin siquiera conocerlos...

El domingo comienzan a conocerse los nombres de los alumnos detenidos injustamente, pero nadie sabe de Mariana, su nombre no está en las listas... 

Mariana se entera en la madrugada que en México, país que prefiere revivir su pasado antes de enfrentar su futuro, la libertad, derecho inalienable del ser humano, se ha vuelto un lujo... 

La llevan por un pasillo y escaleras que desconoce, la separan de los demás... y cuando se entera, ese pasillo oscuro termina en un vehículo y, al final del túnel, Mariana ha llegado al Reclusorio....

¿Sabes algo de Mariana?

Mariana está en la cárcel.

La televisión insiste en decirle criminal  y en la radio hay división de opiniones. 

El lunes se escuchan al aire voces de los padres y madres de algunas estudiantes, pero nadie sabe nada de Mariana, de pronto, como por arte de magia, son liberados once de los teatreros que estaban con Mariana, todos a la salida los abrazan, los ven libres, y una de ellas levanta la voz: ¡Mariana está presa! 

Mariana no está en la fila de quienes han sido liberados, pero la autoridad comienza a mostrar sus errores, 11 estudiantes capturados son inocentes, los primeros once errores...

Pero nadie sabe nada de Mariana, abogados solidarios, compañeros, familiares, la voz quebrada de la voz de la madre de Mariana al aire, nos grita en la cara que la injusticia comienza a crear una onda expansiva.

Con el nombre de Mariana aparece otro y otro y otro y otro y otro y otra y otro y otra  y otra y otra y otro y otra y otro y otro y otro y otro y otra y otro y otra  y otra y otra y otro y otra y otro y otro y otro y otro y otra y otro y otra  y otra y otra y otro y otra y otro y otro y otro y otro y otra y otro y otra  y otra y otra y otro y otra y otro y otro y otro y otro y otra y otro y otra  y otra y otra y otro y otra y otro y otro y otro y otro y otra y otro y otra  y otra y otra y otro y otra...

Mariana dormirá en la cárcel por hablar en voz alta, por no estar de acuerdo, por luchar con el arma de su voz y de su espíritu...

La Universidad amanece con un pupitre vacío: El de Mariana.

Sus maestros y maestras, sus compañeros y compañeras vuelven a las calles, la quieren libre...

Mariana ha dormido de nuevo en la cárcel... 

Nadie sabe lo que sucede, los derechos humanos quieren hacer algo en un lugar donde no hay humanos impartiendo justicia y las pancartas, los muros, los mensajes en internet, las canciones y los poemas comienzan a exigir la libertad de Mariana...

Mariana ha dormido de nuevo en la cárcel...

Su Señoría no encuentra las letras para la sentencia...

La sentencia no existe...

Su señoría decide que dormirá de nuevo en la cárcel...

Todos sabemos algo de Mariana, pero nadie sabe el delito...

Los culpables tomando cerveza en sus casas mirando en la televisión las caras de inocentes llenos de rabia, de miedo, de tristeza... de impotencia....

Mariana ha dormido de nuevo en la cárcel, y no sabe que los policías han sitiado su Universidad, que  han puesto un muro entre su Facultad y su Ciudad... 

Mariana no puede ver el Ghetto en que han depositado a los estudiantes de esta Ciudad por gritar por la Libertad... 

el país está indignado, el país está callado... 

La voz de Mariana tras las rejas...

Mariana ha dormido sin sueño, siete días sin libertad, ha comenzado a olvidar el color del cielo,  el color de la calle y sobre todo, ignora el color del que se ha pintado la Ciudad...

Es Domingo... Mariana sale de la cárcel.

Mariana es libre, siempre lo fue.

Mariana no puede celebrar su libertad, no puede celebrar su inocencia.

Su señoría sale en las fotos, en los periódicos esperando los aplausos.

Su Señoría, no espere aplausos por liberar inocentes, lo correcto hubiera sido jamás privarlos de su libertad... Le aplaudiré, quizá, cuando encierre a los verdaderos responsables; tiene usted muchos, muchos videos y fotos para ver sus rostros. De paso, encierre usted a aquellos uniformados que arbitraria, impune, cobardemente, por la espalda y en pleno abuso de autoridad, apresaron estudiantes inocentes... ¿O eso no se castiga, Su Señoría?

Mariana tiene muy claro que liberar inocentes, sólo ratifica  la culpa de las autoridades que los apresaron.

Mariana ha sido liberada...

Mariana nunca debió ser privada de su libertad.

Mariana es estudiante, es artista y no está de acuerdo y sabe gritar y sabe llorar y sabe marchar
y aunque la calle deje de ser de Mariana, ella sabe lo que quiere y lo dirá de nuevo..

Mariana es libre.

Pero por las calles siguen caminando en plena libertad, ante los ojos de todos, aquellos que apresaron a Mariana...

Los culpables también están en libertad
pero ellos nunca serán libres...

Perdón Mariana... perdón

9-Diciembre-2012


© Andrés Castuera-Micher 
Publicado en mi libro ¿Sabes Algo de Mariana? (2012)

Fotografía de la adaptación teatral realizada en 2016.

Actrices: Paola Moz y Lupita Arellano 





9/9/12

Luis



Hoy en día los ruidos del metro se han vuelto un verdadero martirio para los oídos de cualquiera, el silencio es un lujo que casi no existe en los vagones; cuando no son los pregones a gritos de los cientos de objetos que se venden a diez pesos, entra en acción la competencia de conciertos móviles en la que no importa qué se escucha sino lo alto del volumen. En la línea dos, la color azul, los nuevos trenes que no tienen separación entre cada vagón, el daño para los oídos es mayor, no se tiene ni siquiera la pausa piadosa entre que sale uno y entra el otro, o la suerte de que la puerta haga un milagro y deje afuera la bocina que escupe música.

Era un día ruidoso en el metro Revolución, el convoy llevaba más de siete minutos detenido y en el extremo sur del tren se escuchaba una mezcla de los Tigres del Norte, El Recodo y cuatro bandas más; mientras tanto, en el extremo norte teníamos el duelo de divas con la D`alessio y su pedazo de canción cortado sin escrúpulos con un trocito de “La maldita primavera” de Yuri…   Nadie se movía de su asiento, la lluvia haría que la marcha de los trenes fuera lenta, eso lo había dejado claro la señorita adentro de la bocina desde hace catorce repeticiones. Entonces, entre la multitud aturdida y los ruidos que seguían brotando de las mochilas-monstruo digital, una voz cansada se acercaba desde el vagón vecino, era la voz de un hombre viejo cantando una pieza que contrastaba con todo lo demás…

-México lindo y querido, si muero lejos de ti – Murmuraba el canto de aquel anciano. – que digan que estoy dormido y que me traigan aquí…

Don Luis aparentaba setenta de los ochenta y cuatro años que tenía y su voz, a pesar de lo cansada, se mantenía firme  y con un tono tan amable, que cualquiera adivinaría que en algún momento de su vida había cantado profesionalmente; pero no, Don Luis nada más cantaba por gusto y lo que nadie sabía era que cantaba siempre la misma canción.

Cuando cruzaba  por el centro del vagón, las puertas finalmente se cerraron, pero el escándalo se hizo mayor cuando un tercero entró en discordia con lo mejor del Reggaeton; sin embargo, Don Luis seguía cantando cómo si no pasará nada a su alrededor y así pasó frente a todos: sentados y parados, damas y caballeros, niños y niñas.

Algo que me llamó la atención era que Don Luis no se detenía en ningun lugar a extender la mano o recitar su letanía para pedir limosna, caridad, una moneda o cualquier modalidad característica del metro. No, Don Luis sólo cantaba la misma canción a lo largo de los vagones.

En Hidalgo, la gente entró, empujó, salió, gritó,  se acomodó y en un pequeño silencio, todo el tren dejaba resonar aquel eco de la voz, que ya a estas alturas, había recorrido todo el tren.

-       Que me entierren en la sierra, al pie de los magueyales y que me cubra esta tierra que es cuna de hombres cabales – Cantaba otra vez al  llegar a esa parte de la canción.


No pude evitar seguirlo por más de cinco vagones para comprobar que efectivamente no pedía nada, sólo cantaba, la mayoría de la gente no podía evitar voltear a verle, escucharle, a pesar del surtido rico de música a todo volumen, todos se quedaban mirando a Don Luis. Cuando el metro se detuvo en la estación Zócalo, cantó la copla final de la canción y bajó del vagón tranquilo, a paso lento y con una sonrisa en el rostro.  Yo no pude evitar seguirlo, tomó la salida que da a la plaza principal, alcancé a escuchar que iba silbando la misma tonada que había cantado por más de seis estaciones. Tenía que saber la razón por la que ese viejo sonriente cantaba en el metro la misma canción sin pedir nada a cambio.

Ya no llovía, de pronto, Don Luis se detuvo ante la bandera gigantesca, la miró con sus ojos negros y serios, llevó su mano derecha al pecho esbozando un saludo respetuoso, se quedó así por más de quince minutos, después comenzó a silbar la misma canción y tomó
 rumbo a la entrada del metro, después esperó el tren naranja y cuando éste abrió las puertas comenzó con voz tierna, cansada y constante:

-       Voz de la guitarra mía, al despertar la mañana, quiere cantar su alegría, a mi tierra mexicana…


  ®Andrés Castuera-Micher (2012)
Publicado en la revista "Merolico" Número 6, Septiembre 2012.
Publicado en 2017 en el libro "Renglones que saben a Ciudad"




20/8/12

Beatriz

  
Llevaba poco tiempo viajando en metro y por eso desconocía la magia de los túneles y, sin saberlo, estaba por escribir una de las historias que sólo se pueden escribir en los vagones anaranjados, en que diariamente se comenzaban historias inconclusas en la imaginación de cada pasajero.

Subió en Auditorio; cansada, los tacones le habían recordado que los zapatos lisos eran una mejor opción. La falda no se veía tan corta como al sentarse en uno de los asientos que la subían a varios centímetros de la rodilla.

Desde ahora, tendría que adaptarse a la nueva forma de viajar.

Ella no solía viajar en metro, pero las cosas, a veces, cambian.

Atenta a cada parada, con el franco deseo de que lo más pronto posible el camarón anaranjado le indicara el momento de bajarse, Beatriz no desviaba la mirada del cristal.

Sabía que la miraban, varios ojos se interesaban en su falda, en su cabello perfumado e impecable, pero ella, envuelta en gotas de perfume, prefería no pensar en ello y alternaba, con el reloj, el diálogo de quienes reducen su viaje al deseo de terminarlo.

En Tacuba, entre la multitud que baja y la que lucha por subir, un rostro familiar tomó el asiento frente al de Beatriz: Unos ojos enormes, marrón, con cejas imponentes y la frente apenas mojada por el sudor.

Beatriz incrédula clavó su mirada en el rostro de aquel hombre que no miraba otra cosa que sus rodillas.

Si los latidos de su corazón, que aumentaban a cada segundo, no estaban equivocados, se trataba de aquel que, en la secundaria, la había tomado de la mano por primera vez en medio del patio, para decirle que ella era la niña más bonita de toda la escuela…

Mientras luchaba por encontrarse de frente con esos ojos oscuros, recordaba en su memoria todas las cartas que él le había escrito, los dibujos y las flores que, en la graduación, aparecieron afuera de su casa.

De pronto, él levantó la mirada y Beatriz notó que sus ojos no se habían desviado a la velocidad necesaria.

Quería verlo el poco tiempo que les quedará en ese reencuentro. Ella nunca pensó que el metro le enseñaría nuevas formas de mirar, pero de pronto el cristal ya era su cómplice cuando, en los túneles, la oscuridad se volvía un espejo que le mostraba a aquel recuerdo sentado frente a ella mirando a todas partes excepto a la falda de Beatriz. ¿Por qué si todos la miraban a ella, él, aquel niño que la quiso siempre, no lo hacía?

Tenía que ser él, aunque según recordaba, él no solía viajar en metro, pero ella tampoco lo hacía y al parecer, las cosas pueden cambiar.

El tren se detuvo por más de diez minutos en el túnel antes de llegar a la estación Refinería; pero el tiempo no fue suficiente para que Beatriz recordara su nombre, pero ahora estaba segura de algo, él tampoco se acordaba de ella.

¿Cómo podría haberla olvidado? ¿Tanto habían cambiado sus ojos? ¿No bastaba haber conservado siempre el mismo color de cabello? ¿Sería que no reconocía el olor de su perfume que no era el mismo de la secundaria?

Beatriz sintió correr una lágrima por su mejilla. Siempre se quejaba del calor, de la multitud del ruido del metro, pero jamás pensó que tendría que quejarse también de los recuerdos.

El metro retomó su marcha, como si la oportunidad de este reencuentro hubiera sido desperdiciada. Beatriz bajó la mirada, sólo esperaba dos estaciones más para bajar a llorar con las tonterías de su pasado y olvidar, por segunda vez, en alguna junta de oficina, a ese niño al que quiso por más de cuatro años.

Él se levantó dispuesto a bajarse en Refinería, a tan sólo una estación de dónde Beatriz trabajaba todos los días desde hace más de cinco años (que injustas eran las coincidencias).

Ella sólo esperaba lograr ignorar su paso hasta la puerta, ya no le daría más importancia a ese insolente que le había olvidado.

Se abrió la puerta, él se detuvo junto a ella, le tomó la mano, y mientras la besaba con la mayor de las ternuras le dijo: Adiós Beatriz, estás más linda que nunca.

El corazón de Beatriz comenzó a latir a la velocidad a la que no salen las palabras.  No hizo nada más que mirarlo mientras él sonreía alejándose del pasillo. 

La sonrisa le duró a Beatriz hasta la estación El Rosario, cuando descubrió que se había pasado de su destino y que era la estación terminal y tenía que bajar.
No recordó su nombre, pero tenía claro porque había nombrado a ese niño El amor de su vida.


®Andrés Castuera-Micher (2012)
Publicado en la revista "Merolico" Número 4, Julio 2012.
Publicado een 2017 en el libro: "Renglones que saben a Ciudad"

15/8/12

Mario



No es que Mario fuera escritor, solía no escribir nada en su trayecto diario de Pantitlán a Patriotismo. Siempre definió esa hora diaria de su vida cómo la más monótona. Había memorizado los nombres e íconos de cada estación y a cada parada verificaba si había llegado a la estación correcta.

Deseaba algún día equivocarse o que la abeja de Chilpancingo, se echará a volar y ver cómo la gente gritaba y corría por todos lados.

Pero ese día, Mario entendería que ningún día es igual al anterior. Resumiendo: aquel diecisiete de mayo, se volvería poeta sin saberlo.

El convoy terminaba su paseo por los puentes de la Cd. de los Deportes y estaba por entrar al túnel después de la siguiente parada, lo que, en la memoria de Mario, aseguraba que la siguiente estación era Velódromo, como de costumbre abrió los ojos para confirmarlo.

Cómo una aparición, Ella, la de la blusa escotada café y la falda larga que mostraba sus tobillos, se sentó frente a él. Menciono los tobillos por que se perdió en ellos más tiempo del que cualquiera podría dedicar a unos tobillos e imaginó cada centímetro de sus piernas e incluso sus rodillas, con un estudio profundo del espacio entre la falda (también café) y la cinta de las sandalias.

En Jamaica ya había visto sus manos, contado sus dedos y descubierto que su blusa tenía veintidós flores de un café un poco más claro, con el polen delineado en un verde olivo maravilloso.

Lo que Mario no vio hasta Chabacano, es que Ella había estado mirándole como él la miraba, e incluso puso en sus audífonos la música adecuada para disfrutarlo.

Antes del cierre de puertas, pudo ver el cabello negro por debajo del hombro y los ojos cafés, del mismo color de la línea que tomaba todos los días, un color que, hasta ese momento, sólo le recordaba el trayecto de su casa a la escuela y viceversa.

A partir de hoy, tendría otra idea del café, era el color de esos ojos. Ella le sostuvo la mirada cuarenta y cuatro segundos hasta que, Mario, terminó confirmando que el piso de los vagones no es totalmente blanco. Ella sonrío esperando el siguiente encuentro.

Mario tomó la decisión más importante en sus diecinueve años de vida. Se enamoró. Y Ella tendría que saberlo. Fue levantando su cabeza poco a poco, pero el cuello no le respondía, era un cuello tímido. Cuando lo logró, ella seguía sonriendo. Las piernas de Mario no le obedecieron, se quedó sentado y las palabras se le olvidaron.

Desesperado, al ver que el tren se iba de Lázaro Cárdenas, sacó su cuaderno y escribió en una hoja arrugada veintidós palabras que, en resumen, le decían a Ella que era el amor de su vida y firmaba diciendo que no estaba dispuesto a seguir sin tomarle la mano y caminar a su lado el resto de su vida.

Terminó el poema…  los siguientes tres minutos, el valor no llegó al asiento de Mario… Ella estaba esperando ese papel, sabía que le pertenecía.

El tren hizo su arribo a Centro Médico, Ella se levantó, Mario sintió la sangre hirviendo, ella salió a través las puertas, pero, después de la multitud que salía a empujones, se detuvo, estaba esperando algo…

El timbre de las puertas le sonó a Mario en los oídos como la peor de las despedidas. Un impulso de su corazón lo expulsó del asiento como resorte, justo en el momento que las puertas estaban por cerrarse; lo más que pudo hacer fue estirar la mano, pero el cierre fue más rápido y el golpe de las gomas negras tiró el poema de su mano.

El poema salió del vagón, pero Mario y su historia se quedaron adentro.

En el avance lento del metro, pudo ver que Ella levantó la hoja de papel, la abrió y comenzó a leerla…


Esto nadie me lo contó, lo vieron estos ojos que se han de comer los gusanos, y si no, pongan atención, hay un hombre de aproximadamente treinta años, que siempre va escribiendo poemas entre Velódromo y Centro Médico, esperando entregárselos al amor de su vida.

®Andrés Castuera-Micher (2012)
Publicado en la revista "Merolico" Número 3, Junio 2012.
Publicado en el libro "Renglones que saben a Ciudad" 2017.