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17/3/12

¿Sabes algo de Mariana? Crónica Octava


¿Sabes algo de Mariana?

Tiene el cabello blanco, la espalda encorvada y la poca vista que le queda esta casi tan cansada como ella.

Sus manos, a pesar de la artritis que se ha apoderado de la mayoría de sus dedos, todavía le perimten atizar el fuego para dorar las pepitas que vende a cinco pesos...

Nadie sabe su nombre, le dicen "doñita" y eso cuando le habla, lo que sucede sólo a las nueve cuarenta y cinco  de la noche, hora en que  tiene que comenzar, casi a tienta,s a levantar su comal, su anafre para  amarrárselo a los hombros y comenzar a caminar, además,  con dos bultos enormes en cada brazo por más de cuarenta y cinco minutos a la pensión que le quita casi el noventa por ciento de lo que gana con las pepitas y que si no llega a las 11 la dejan en la calle.

Mariana ya ha tenido que dormir varías veces en la banqueta porque a veces ya no llega por el cansancio que no la deja seguir caminando y tiene que sentarse a descansar.

Últimamente se ha quedado a dormir en el parque y ha pensado en mudarse allí, pero le quedaría más lejos el mercado donde compra las pepitas y el carbón.

Mariana no lo sabe, pero el próximo mes de Septiembre va  a cumplir ochenta y siete años.

Lo sabría si tuviera acta de nacimiento.

Y si tuviera acta de nacimiento, lo sabría si supiera leer.

Tiene la cara triste, y a vece se quiere morir, pero el olor de las pepitas dorándose en el comal la atan a seguir caminando por las banquetas que casi no la dejan pasar, por la gran cantidad de vendedores que, a su vez, ya no la dejan vender.

Ya no son los tiempos en que las pepitas se vendían calientes, ahora, con el poco carbón que tiene, las pepitas se enfrían... y entonces las da a tres pesos o se las come...

Últimamente, Mariana ha comido más pepitas de las que vende.

El sabor le recuerda algo, pero no sabe que.

Ya no quiere acordarse de cosas...

Mariana tuvo ocho hijos: tres mujeres y cinco hombres. También perdió a tres que no se acuerda que eran, porque esos no los pudo bautizar...

Con las pepitas pagó: pañales, ropa, leche, comida, tortilla, frijoles, arroz, cuadernos, lápices, cartulinas, monografías, zapatos, uniformes, jabón, estambre para tejer bufandas, libros de texto gratuitos,  cuotas anuales en las escuelas públicas, calcetines, cepillos, medicinas de las que no tienen en el Centro de Salud, etcétera, etcétera, etcétera, etcétera, etc...

Mariana se quedó casi ciega cosiendo ropa, cociendo papas, atizando brasas de carbón al rojo vivo y mirando a cada uno de sus hijos irse de la casa...

A los últimos dos, al Carlitos y la María de Jesús, a esos no los vio irse nunca... esos dos la corrieron de la casa cuando sus maridos, mujeres, hijos, nietos y familiares cercanos, de sus familiares lejanos,  ya no cabían en la recámara que Mariana construyó,  en el segundo piso, con las pepitas de cuatro años.

Lo que pasa es que Carlitos si estudió y es licenciado. Y pues el terreno que Mariana pagó sin papeles por más de veinte años resultó estar a nombre de su hijo que ni siquiera había nacido cuando Mariana lo compró.

Es que la nuera de Mariana quiere mucho a Carlitos y por eso lo convenció de que se hiciera de un patrimonio y pues la Marichuy, con tal de no quedarse en la calle, firmó todo lo que su hermano y su cuñada le pidieron y a cambio le tocó el cuartito de arriba pa´ los chamacos.

De los  otros seis no ha sabido nada.

Dos se le fueron al otro lado, y los otros pues, en cuanto supieron como subirse solos al metro y al camión, decidieron irse lejos de las pepitas, el aceite y las bolsitas de papel.

Mariana está ciega por que los ojos se le reventaron de tanta lágrima, pero ella dice que es el carbón...

Nadie sabe que pasó con el Nicolás, el papá de las ocho criaturas de Mariana y de cómo doce chamacos más en otras vecindades. Cuentan, los que saben algo de Mariana,  que nada más iba a preñar a su vieja cada que terminaba la cuarentena y mientras tanto se gastaba, lo poco que quedaba de las pepitas de la semana después de los gastos diarios de la chamacada, en la botella...

Mariana dice que lo mató la botella...

Mariana dice que es el carbón, los doctores dicen que tantos golpes del Nicolás en la cabeza es lo que la está dejando ciega...

Mañana ya no venderá pepitas...

Se quedó dormida en el parque...

Y a nadie le importó.

Perdón Mariana, perdón.


© Andrés Castuera-Micher

Publicado en mi libro ¿Sabes Algo de Mariana? (2012)

Fotografía de la adaptación teatral realizada en 2016.

Actriz: Paola Moz

5/7/10

Encrucijada


A los tres que habían muerto parecía que los habían agarrado a balazos.
Tú, no podías dejar de gritar y como que no queriendo la cosa te tuve que tapar la boca para que dejaras de gritar.

- ¿O qué? – te decía - ¿quieres que los que acabemos baleados seamos nosotros?

Ya tu hermanito se había callado y dejado de llorar. Esa manía suya de usar esos estúpidos tenis blancos con caritas felices que ahora se tenían con el rojo-agua mugrosa.

Yo ni te conocía, pero se notaba que nunca habías escuchado el ruido de los balazos, de pronto, los que estaban escondidos detrás del puesto aledaño, deseaban a gritos que te dieran a ti para que te callaras, y es que tus gritos se oían en toda la cuadra, y los tipos armados seguían nerviosos disparando a todos lados.

Desde el interior del camión ya nadie gritaba, estaba lleno de muertos. Y de gente tomando fotografías de los cadáveres desde las ventanas, importaba más un puñado de “likes” que la vida misma…

Uno de los que habían causado todo salió corriendo en dirección a donde tú estabas llorando sobre el cuerpo de tu hermanito callado, muerto y callado…  Lo miraste de frente y yo escuché el ruido de otra bala…

Esos cabrones no saben hacer otra cosa, te dije, déjalos… Pero tu necedad yacía tirada en plena calzada, ante la indiferencia del paradero, el chavito, de la edad de tu hermano, seguía corriendo, más adelante, según esto, también lo mataron…

Yo me quité la chamarra para cubrirte a ti y la camisa para tapar el rostro de tu hermanito… Por eso es que estaba corriendo semidesnudo y lleno de sangre entre la gente… Pero el de la patrulla no me cree, dice que ya me cargó al chingada… Ojalá pudieras hablar y decirles que yo sólo estaba tapándote la boca para que no gritaras… Que ni te conocía pero que venía sentado atrás de ti mirando como te acomodabas el cabello mientras tu hermanito se recargaba en tu hombro…


® 2010, Andrés Castuera-Micher. Publicado en 2017 en el libro "Renglones que Saben a Ciudad"


29/5/10

Postal de Nueva York

¿Que alumbra usté señora? Su lamparita es muy tenue y mi piel muy oscura.

Cada quince minutos muere un negro en las calles de Nueva York, pero aquella dama de la antorcha ilumina el camino para que los blancos puedan escapar.

Como si la libertad fuera de piedra y fría y de ese tamaño pero no para aquellos que no recuerdan su tierra natal.

¿Por qué le da la espalda a su pueblo señora?

¿También se quiere ir? Yo creo que le pusieron cemento cuando trató de escapar.

Si yo pudiera le tiraba las piedras de los pies y me iba con usté porque de noche nadie me ve y la puedo cargar y nos mojamos en el mar y corremos.

¿Por qué trae esa corona de espinas? También pidió que se amaran los unos a los otros y al estar pasadas de moda las crucifixiones mejor la convirtieron en piedra?

¿Y ese libro es su palabra?

Vámonos señora, mi piel negra no se ve ni con su lámpara y a usté nadie le hace caso.

Andrés Castuera-Micher

Yo confieso


Yo no he visto a ningún muerto que resucite. Las manos todavía olían a sangre y la sangre todavía olía a culpa.

-Arrepiéntete y dios habrá de perdonarte - Dijo el sacerdote oculto en la comodidad de su recinto “confesional” desde donde pensaba en aquella catequista de ojos verdes ignorando los ojos llenos de odio de Martín.

-       ¿Dios me perdona padre, por haber matado a mi hermano?

Las respuestas del cura dieron a Martín la seguridad de empuñar su pistola. El cura se acomodaba las gafas al tiempo que la pequeña Clara aceleraba sus labios y lengua arrodillada ante su sexo.

- No me entiende- prosiguió – no me arrepiento padre, lo maté y quiero que dios me perdone, porque de todos modos lo hubiera matado algún día.

El padre se disponía a meter la mano dentro de la blusa rosada de la niña para corresponder a aquellas caricias obligadas y silenciosa… Casi no podía escuchar la voz quejumbrosa de Martín. Sólo quería terminar pronto esa confesión para desnudar de nuevo ese cuerpo que invadía su mente noche tras noche.

- No me entiende padre – prosiguió Martín con la vida hecha pedazos.
- Ve y no peques más – digo el cura casi de forma autómata.
- ¿Dios me ha perdonado?
- Dios lo perdona todo… - prosiguió conteniendo los gemidos que auguraban una eyaculación bastante copiosa.

Martín salió agachado del confesionario, miró con tristeza al hombre que expiaba en la cruz los pecados que él acababa de cometer.  Se llevó el revólver a la boca y el disparo musicalizó el semen que llenaba la boca de la hija de Martín, oculta y arrodillada, ignorando que la boca de su padre, al mismo tiempo, se había llenado de pólvora.



® 2007, Andrés Castuera-Micher. Publicado en 2017 en el libro "Renglones que Saben a Ciudad"