19/1/10

Requiem


... se pronunció el décimo nombre, la última candidata...

Los doscientos cincuenta pesos semanales de colegiatura de aquella pinche academia, se tornaban a cada segundo un gasto inútil... con el rímel corrido, los dedos menguando entre los dedos... el sudor... pero sobre todo el miedo...con todo eso, la promesa en sus hombros, pesaba más que el dolor del fracaso...

Un desodorante en su mente. Curioso donde se viene a descubrir la importancia que puede llegar a tener un desodorante que no mancha y que protege veinticuatro horas, pero que, a la princesa, no pudo abrirle las puertas de la película que filmaría, según la cronología de sus sueños, tres años después...

No era rubia, tampoco tan esbelta, seguro era que los lentes de aquellas cámaras no podían filmar el talento, el tiempo trasnochado, las humillaciones de la maestra de danza por las rodillas chuecas y, mucho menos, la cara de su madre o, más bien, las dos caras de su madre: la que la puso dentro del taxi... y la que pondría esa noche tras la derrota.
Demasiadas caras para una misma tarde, demasiadas tardes con una misma cara.

La limusina en que debería ir esta Navidad a recoger a su madre ante las narices chatas aplastadas en las ventanas de las vecinas, se tornaba ahora en una deuda, una deuda de sangre.

Apareció entonces ese auto plateado frente a la princesa. Ese que brillaba con los rayos de las lámparas del callejón.  Dentro, un hombre la miraba y la desnudaba con el libido destilado por el vapor en los cristales.

- Quizá mamá perdonaría la ausencia de la limusina si llego hoy en ese gran auto plateado – pensaba para sí la princesa que veía en aquel símbolo de “peace and love” en la parrilla, un buen presagio.

Se subió.

La madre espera.

Prende todos los días y todas las noches el televisor, esperando a su princesa anunciando el desodorante que no mancha. Paciente sin moverse, está segura que algún día aparecerá.

La princesa parece que nunca ha bajado del auto. Su vestido está arrugado, sucio y manchado. Y, con un gran peso en los hombros, espera el día en que una limusina pare en aquella esquina, que la lleve lejos del hombre del auto gris que la observa de noche y la ultraja de día e irse lejos.

Irse con la vieja que agoniza frente al televisor, irse con la vieja a ver el mar y decirle que el mar es hermoso.

Andrés Castuera-Micher

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