28/3/10

Un duende, una cebolla y su opinión sobre el embarazo (cuento corto de Andrés Castuera-Micher)


Un héroe más entre la gente, tras un insulto y treinta segundos de vida obligada, sus pasos no lo iban a llevar a donde él quería, su boca no podía decir nada y su hambre solo podía repetir la palabra cebolla una y otra vez. Su panza vacía quedaba sola de nuevo, en la espera, ahora con un par más de problemas y con esa mirada en la cara, de un secreto que sólo dos conocen. Esos dos problemas más: el de su panza y el del aroma ausente de una cebolla que, de no haberla arrojado por el puente, cambiaría la historia. De ese puente que, corriendo, saltaba el charco del sueño, del sueño color lodo, sabor cañería.

- Y todo por no bajarme en la estación anterior y como siempre. - Reflexionaba en una postal típica del metro Oceanía a las seis menos diez, cuando llenos de soledad, van todos hacía el Politécnico...

Su novia, la del apodo original, esperaba una o quizá dos o tres o quizá cuatro o cinco cebollas, pues al día siguiente, sin saberlo ya era madre; para este caso refiérase al día siguiente como ayer...

Si no hubiera ido tan rápido el metro, si el malestar estomacal de algunos de ellos no se hiciera latente, quizá iría sentado sin tener que soportar el tufo de sus desayunos frustrados. Su cebolla, a pesar de todo, aún olía a cebolla. En esos gases había de seguro tantos fármacos que le hubieran hecho soñar, a su cebolla, él ya no soñaba, desde la última vez que se durmió con música para niños, como si tuviera ocho años, y despertó, antes del amanecer, con el fantasma de su madurez.

Quinto vagón, estación Oceanía, seis menos cinco, a tres minutos de arrancar, de esas veces en las que uno se entera que el metro es un tren de a mentiritas, de que tiene llantas de hule, no como en las películas. Se había tirado un tipo porque nadie le entendía que quería ser mujer y le ponchó una llanta al metro, de las más de mil que debe tener, porque si no, no aguantaría tanta gente ni tantos aromas. El güey este se murió con todo y que su cebolla y su novia – misma que ignorándolo él, por reglas morales, ya era su esposa – el caso es que la cebolla todavía olía a cebolla a pesar del estúpido o estúpida suicida, en fin, una llanta más, un cadáver menos, sin más que hacer, que esperar la próxima llanta...
De esa muerto, o ese muerta, el sol de la tarde ocultaba la llanta y su secreto. Una mezcla de impaciencia y angustia se desprendía del humo de sus cigarros, los que no podían fumar o no podrían subir al vagón...

Entonces tuvo que correr, tenía que llegar antes que el metro y voló hacía el otro lado, se acordó que primero iba a pasar al aeropuerto, le gustaba imaginar que era un aeroplano antes de volver a su realidad.

En el puente peatonal, varias veces estuvo a punto de tirar su cebolla; a ella no le gustaba la cebolla, él desafortunadamente, como todo héroe, no lo sabía. Ningún héroe sabe, que, en realidad, la dama no quiere ser rescatada. Él, ya cerca del otro puente, bajo el cual esperaba ella. Mientras tanto, ese metro naranja, grandotote yacía cual vehículo sin vida, esperando a alguien que ayudara. Ella mientras tanto, en la caja, guardaba los pesos que él le había dado, el otro él, no el que traía la cebolla, ese no pagaba, a ese sí lo quería. Esa caja hacía un sonido peculiar mientras caían las tres monedas de a diez pesos, esperando su comida – sin saber que era una cebolla – cerró aquella caja de música, cuyo sonido era su único compañero de verdad.

Cerró aquella caja con una sonrisa, escondiéndola hasta el próximo encuentro y, sin saber que las monedas llevaban algo de semen fértil dentro de ella, se dedicó a contar el dinero con los ojos cerrados; sabiendo que llegaría el héroe y de nuevo cesaría la ilusión. El sonido del deseo calló por un momento.

Preparado a iniciar su viaje, el metro con llanta nueva y trozos de hombre y trozos de mujer, arrancó hacía la estación Misterios, a él ya no le importaba, su cebolla era su único misterio.

Los mejores secretos son de dos, por eso no le diría a ella que había robado la cebolla, todo se reduciría a entregarla y después sexo con aroma a cebolla. Es que cuando dos comen cebolla, entonces los mejores secretos son de dos.

El puente era muy largo, y había mucha gente, entonces caminando con resignación como una cara más entre la gente...

Ella dormida, evitando despertar y de nuevo ver la desesperación de no poder escapar y es que cada vez que se duerme de día sueña con el duende que la lleve lejos; ese duende al que conoció con un trozo de peyote a cambio de lo que siempre daba a cambio y, ahora, por haber soñado demasiado estaba más acompañada que antes, y más sola también.

Él, sin peyote, con una cebolla y un hijo no deseado, era llevado aprisa, pero silenciosamente por la tumultuosa corriente de la costumbre.

El duende, producto de la imaginación, los fantasmas del pasado, un peyotazo o el reflejo de un hijo dentro, venido de quién sabe dónde, quizá de los treinta segundos de vida no deseada, producto de esa eyaculación precoz y mientras tanto él y su maldita cebolla caminaba con una exaltación en el rostro, y un gran peso entre las manos, los escasos ciento cincuenta gramos, eran apenas una aproximación al peso de haberla cargado desde la Central de Abastos hasta... pues hasta donde llegara, recordando que no era más que un ladrón deseando acostarse con la puta, deseando siempre un destino diferente, aferrándose al actual, finalmente, tenía cinco pesos en la bolsa y decidió robarla...

No llegaba él, no llegaba la cebolla y el embarazo tenía algunos minutos de más o de menos...

- Cansada de la espera, decidí caminar buscando quien me salvará de esta culpa y no encontré nada – se decía sin saber que la culpa de él era mayor a la culpa de ella y que crecería más mientras más pronto llegará esa cebolla indeseada...

Entre tanto, su anhelada realidad se posaba frente a ella: una prostituta de verdad, se pavoneaba de un lado al otro de la esquina. Ella se cansó tres veces más de caminar, y tuvo que dejar de hacerlo.

-Si tan solo fuera como ella – reflexionó mientras que la profesional sólo pensaba en conseguir un cigarro.

La prostituta se veía a sí misma en sí misma y en esa ella que no era ella. Que no era ella pero como si lo fuera, esperando algún cliente, algún hombre. Lo único que no esperaba ninguna de las dos era una cebolla.

La puta, por la mañana, esperando serenamente frente al espejo, sin otra compañía que su reflejo, notaba lo evidente esa noche en vela; prueba evidente era el reiterante inconsciente gritando “¡A chingá! Tomé mucho café de negro, cambiaré al té de manzanilla.”

Mientras tanto, la del duende, sonriendo como siempre, sin necesitar a nadie más que ella misma, tratando de tener un propósito, queriendo evitar lo inevitable: Indiferencia ante la sociedad.

Cada vez volverán a robar, él y los otros, claro que a los otros la cebolla les parecía poca cosa y decidían ir tras un trozo de carne; siempre creían que él robaba cebollas para que nunca lo alcanzaran. Lo de siempre: los malos-buenos nunca reconocidos y los bueno-malos nunca olvidados.

Como una línea paralela, él y a la que ella envidiaba, siempre la misma rutina: uno surtía la receta para que el otro sanara.

El duende no sabe si será soñado otra vez, el duende dentro de ella sabe que lo mejor es no estar nunca más entre la gente, él o ella, como el que se tiró en el metro, en cierto modo todo ser humano es travestí antes de los tres meses o lo que el ultrasonido disponga. Este duende (ingenuo amigo ¿cuándo vas a respirar?) el maldito duende como un sueño recurrente y su insomnio por miedo al maldito SIDA, siempre viviendo de los fantasmas de su pasado.

Él y su cebolla en el umbral de su cueva, como una advertencia, ella adentro, la profesional fuera y como un recuerdo de que “en el camino de alguien no debes cruzar” una solterona y solitaria princesa de cuento viendo su vida en el espejo y dentro la otra loca soñando al duende y gestando un duende. La danza de la sombra abraza al fantasma de la locura. No supo que hacer, la puta tan sensualmente solitaria que ya había perdido la elegancia y, dentro, la mamá del pequeño duende aún sigue esperando.

Esclavo del subconsciente era siempre, con su cebolla y los deseos dentro del pantalón. ¿Cómo pudo pensar que una puta podría pagarse con una cebolla?

La cebolla llena de sangre. Ella, la ella profesional, tendida en el suelo perdida, solitaria, ahí quedó. Cuando lo vio venir hacia ella, supo que era él y enamorada en secreto de su mismo hombre, de aquel que la liberó –retomando, con olor a cebolla - pensando en ser encontrada y ayudada, ya no sería más la perseguida y acechada de amor. Al fin había dejado de trabajar...
Pero es que la desnudez lo alejaba de la cordura y le arrojó esa sucia sudadera plagada de mugre y algo de Resistol cinco mil y, como un velo, mantenía su cabeza en el lugar conveniente, mirando ese pedazo de sol que era en realidad un farol en medio de la calle.

No fue el suspirar de su aliento la primera vez, ni tampoco fue la última, tan sólo fue el destello de una gran sonrisa: la última.

Y dentro de la cueva, esperando su cebolla, una que en realidad no quería, soñaba una realidad que no quería. Es triste ver como los débiles se vuelven eternos y los más débiles solo son recuerdos.

Corrió mientras la puta, que cínica ironía, estaba como al principio: sola rodeada por la muerte.

En la cueva ella, solitaria, pensando en su sueño que nunca se volverá realidad como el caer de esas de a diez, como la música de tu caja solitaria-duende. Ahora dormían las dos, las envidiadas, la ella-duende y la ella que manchó la cebolla con su última cita.

Él corría de regreso en ese puente que le había negado el paso de ida, pero ahora le abría el paso a una escapatoria, corriendo por llegar a algún lugar, quedó sin paz y huyendo de un interminable miedo.

Una huida repentina de algo (esposa) solemnemente insólito (esposa obviamente platónica) ... y cada mes volveremos a escapar de robar carne o cebolla, quizá esa mujer guion hombre no comprendió que ese metro no paraba, pero él sí sabía que esta cebolla estaba manchada de la frustración por no tener ciento cuarenta pesos.

Nunca sabrá de la espera en esa cueva de cemento, de esa práctica diaria de perder la cotidianeidad. Ella se tragó la saliva de la desesperación, mientras en ese escape perfecto inventado por él mismo se llevó apenas recuerdos vagos e insólitos…

Respecto a esa estúpida cebolla, terminó arrojada a un baldío cercano

La mamá del duende indeseado despertó pensando en su desafinada cajita de música de sonido a monedas de a diez. Hace tres cigarros que lo iba a dejar de esperar. El deguste del último cigarro se adhiere al pulmón y enamora al corazón. Ignora que el único que la besaba en la boca, había estado a tan sólo un paso de estar con ella y de nuevo hacer lo único que sabían hacer sin deprimirse. Entonces se tragó la saliva de la desesperación, su salida apareció como la imagen de la soledad.

Alegre sarcasmo sobre la ironía de ser libres: él no llegó, su valor lo defraudó, ella ya no estaba dispuesta a ser una prostituta amateur y el duende no estaba dispuesto a ser soñado de nuevo.

El Metro llegó a la estación sobre el puente en que ella quedó como péndulo con la última esperanza de que el tiempo encaneciera mientras ese irónico vagón aún regaba pedazos de hombre y de mujer simultáneamente.

Él volvió sin cebolla, con manchas de cebolla y ya no olía a cebolla. Su sueño estaba aún sobre el lodo. El péndulo, el duende, todos ellos mientras el metro arrancaba de regreso a Pantitlán, pasando por Misterios. Ellos murieron de nuevo.


® 2004,  Andrés Castuera-Micher. 
Publicado en 2017 en el libro "Renglones que Saben a Ciudad"



7/3/10

Por favor


Debí haber hecho caso de los consejos de esa voz que de vez en cuando se dedicaba a hablarme...

– No te sientes hasta atrás... – me repetía mientras recorría el pasillo del camión...

Seguramente debí haberme sentado más adelante o irme parado, total, sólo me subía por evitar uno que otro semáforo o individuo; siempre estoy tratando de evitar individuos por miedo a ser invadido en mi falsa individualidad, por alguien que me embarre en la cara eso de que “el hombre es un ser social por naturaleza”.

Siempre he estado convencido de que las ventanas de hasta atrás de los camiones son sumamente peligrosas.
- ¿Me deja sentarme por favor? – y el individuo ni se movió... - ¿Le sobra un lugarcito? – repliqué con el derecho que me daba el ver un asiento vacío justo al lado de la ventana por la que yo quería mirar, además yo iba de pie y él sentado junto a un lugar vacío.
- No todos conocen el significado de la palabra “por favor” – pensé en voz casi alta por miedo a represalias. Tuve que evitar el protocolo y sentarme a la fuerza, para mi frustración, cuando miré por la ventana, el puesto de periódicos azul indicaba que me había pasado más de dos cuadras...

Tuve que bajarme y, como siempre, pagar las dos o tres cuadras que, de haberlas caminado, no me hubiera sentido tan auto defraudado.
Sentí tantas ganas de arrojar en la cabeza del individuo la moneda con la que debía pagar. ¡Pagué! Pude haberlo descalabrado, pero pagué. ¿Qué daño podía haberle hecho esa moneda? ¿Qué daño puede hacer cualquier moneda?

No debí haber hecho otra cosa que no fuera lo que el despertador al no sonar sugería. Nunca debí haberme levantado. ¡Como odio la palabra nunca! Nunca suelo decirla, la odio tanto como la palabra siempre, pero siempre que digo nunca, me refiero a algo concreto no a esos conceptos tan inalcanzables...

Caminando, aquel lugar, este lugar, para el caso presente: el lugar; el sitio lleno de individuos, me incitaba a desear estar en cualquier sitio menos en el que me encontraba por voluntad propia en contra de mi propia voluntad. De vez en cuando conviene ser coherentes con eso de que El hombre es un ser social por naturaleza.

Debí haber hecho caso de los consejos de esa voz que, de vez en cuando, se dedicaba a hablarme; pero de haber seguido así, quizá nunca hubiera vivido nada extraordinario.

Nunca se piensa el daño que se puede hacer con tan sólo una moneda, con una moneda de cinco pesos. De haberlo sabido…

Nunca antes le había visto, entre tantos y tontos como yo. Mi memoria de fisonomista me estaba traicionando o debía aceptar que nunca antes le había visto. No era parte de mi paisaje cotidiano. No, es oficial, no le había visto jamás y el letrero me pareció cómico: “usté deme cinco pesos y yo no tendré que pedir limosna nunca más”. Yo que nunca había creído en las palabras de semejante talla: nunca y siempre.

Difícil olvidar su cara mugrosa, era de una mugre que casi ya no se ve en estos días; era una mugre legítima, con olor a mugre, textura a mugre, mugre de calle, de dolor, casi impecable, aunque una o dos lágrimas la habían desteñido. Pero ese día al parecer no había llorado, por el contrario, debí haber desconfiado de su sonrisa.

Entre los transeúntes, individuos, semi humanos, nadie se detenía, quizá sabían algo que seguramente yo ignoraba. Debí haber hecho caso de esa voz y, eso que yo ignoraba, quizá debía ignorarlo, pero es que siempre…. no, no diré “siempre” una vez más.
Mi ignorancia nunca me había jugado tan sucio (de nuevo he dicho nunca), y hablando de suciedad, la de sus manos era totalmente distinta a la del resto del cuerpo; a esa le parecían brotar yagas, como si hubiera tenido la mano empuñada por mucho tiempo.

Ante ese letrero que colgaba de su cuello, cinco pesos, parecían ser mucho más que eso, parecía ser la cantidad necesaria para cambiar una vida. Me esculqué los bolsillos. No traía cambio, sólo un billete de veinte pesos. Era tan específica la solicitud de ese hombre, que tuve miedo de ofenderlo con el billete; aunque confieso que pensé que, si al darle cinco pesos dejaría de pedir limosna por siempre, si le daba yo cuatro veces lo solicitado, quizá dejaría de pedir limosna y además ser feliz.

- ¿Quién es feliz con quince pesos? - dictaba esa voz que mencioné hace un momento. – Es mejor que nos vayamos de aquí – concluyó.
- Por favor, por vidita suya –interrumpió ese pobre hombre con cara mugrosa, abusando de la mirada que por error habíamos cruzado.

Ese “por favor” retumbó en mis oídos como pocas veces alguna palabra había logrado herirme. Creo que por primera vez entendí el significado de esa palabra. Herido por las palabras de esa mugre legítima, ante la vergüenza de no llevar una maldita moneda de cinco pesos, como lo pedía ese cartel a gritos callados; corrí a un puesto de periódicos, no recuerdo que compré, mi desaliento fue tan grande al recibir moneditas de muy baja denominación ¡Ninguna de cinco!  Era tal mi temor de llegar tarde; de que al regresar él ya no estuviera. Finalmente, un bolero piadoso me otorgó el honor de sacar a ese hombre de pedir limosna... desde su punto de vista, esta moneda era suficiente...

Corrí, como sólo una o dos veces lo había hecho, y la segunda sin duda había sido para buscar la moneda. Lo vi desde lejos, el cartel al cuello, la sonrisa con un valor misterioso.... Allí estaba. Suplicando con toda dignidad, sin decir más que dos palabras... Pero esos que estaban pasando en ese momento por allí, parecían no escuchar ese “por favor” o mejor aún, a ellos no se los decía, yo había sido el elegido.

Me paré frente a él, con un temblor en las piernas que había sentido solo dos o tres veces, una de ellas, sin duda, al leer el cartel de ese hombre. Miré su cara, su sonrisa se tornaba en una angustiante interrogación; me miró de frente, no había salida, o le daba la moneda, o dejaba que otro lo hiciera; pero debía decidir en ese instante. Justo en el momento que el señor del cartel comenzaba a esbozar ese “por favor”, saqué la moneda de mi mano sucia de sudor, la extendí, él tomó mi mano cerciorándose que la moneda fuera legítima y de la denominación solicitada.

-Gracias- escuché – gracias... gracias...

No conté las veces que me agradeció mientras se perdía entre la gente.

Una pregunta terrible comenzó a llenarme la sangre de intranquilidad... Una pregunta, que, además, solo se resolvería siguiendo al señor de la moneda de a cinco. Apenas pude ver que se metió a un viejo edificio de los del centro, de esos que darían miedo de no ser por la justificada rabia que me sudaba entre la frente y entre los individuos. No eran más que unos baños públicos.

Pensé que tal vez era ahí donde vivía, de pronto, la voz detrás del cerebro me dictó situaciones tan lógicas, que alentaban mi paso mientras más me acercaba a esa guarida. Comencé a darle crédito a mi vocecita, claro, mis cinco pesos no eran los únicos, ni los primeros que había recibido, más bien los últimos de ese día y, una vez completada su cuota diaria, de regreso a descansar o emborracharse... De pronto olvidé que eso hacen los vagabundos... Estaba a punto de regresar a mi caminata hacia... ya ni me acuerdo dónde, pero de pronto me sentí con el derecho de reclamar mis cinco pesos.

Armado de valor, llegué hasta la entrada de aquel sitio. Había mucha gente, mucho ruido y mucho silencio...

La sangre se escurría entre los pies de los curiosos.

-No pueden ser mis cinco pesos – Argumentaba en mi interior, mientras trataba de recordar el cartel...

Leí por última vez el cartel en cuanto me pude abrir paso entre la gente, estaba tendido él, su letrero y su vida, sin embargo, esa sonrisa era lo único que se mantenía en pie...


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Todas mis preguntas se respondieron en esa máquina, una vieja máquina despachadora, apenas alcancé a leer “navajas para rasurar 5 pesos”, y más abajo un letrero aún más sarcástico, escrito a mano con severas faltas de ortografía: “Zolo asepta de a cinco y no da canvio” ...


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® 2006, Andrés Castuera-Micher. 
Publicado en 2017 en el libro "Renglones que Saben a Ciudad"