20/1/10

Caminos Cruzados


La clase había terminado como de costumbre.
Ella de negro, con una falda larga, había contenido la mirada por más tiempo del que normalmente lo hacía. Él, su maestro, había sentido cada centímetro de sus ojos perforar su mente y perderse en los escalofríos que recorrían todo su cuerpo.
Adoraban ese diálogo sin palabras, aunque había soñado muchas veces sus labios besándose por largos momentos de silencio y soledad compartida, les gustaba ese juego en el que ambos lo sabían todo pero no decían nada.
Se levantó y caminó directamente hacía donde tomaba sus libros para guardarlos al portafolios, uno por uno. Daniela tomó el último libro se lo llevó al pecho, el siguió el libro hasta sus senos… los miró sin ninguna discreción ella volteó su cara con una de sus manos morenas y habló al respecto por primera vez.
-Alejandro, tengo algo que decirte – musitó con esa voz que encontraba palabras cada vez mas precisas – me voy a ir, tengo que escapar, iré muy lejos, no sé si cuando vuelva tendré el valor de decirte…
-Daniela – interrumpió mientras clavaba su mirada en la de ella - ¿estas segura de que quieres decírmelo –. Se hizo un silencio lleno de palabras que caían en medio de ambos como recortes de periódico – Si lo dices creo que tendré que besarte…
-Es que me voy a ir, y quiero que sepas que una parte de ti se va conmigo, la que mas me gusta, la que inventa palabras que no existen.

Alejandro no pudo evitar tomar a su alumna entre esos brazos que no solían abrazar a nadie. El sabía que la amaba, y aunque no había escuchado esa confesión, sentía que una parte de Daniela tenía ganas de estar siempre en ese rincón de mundo.
Se besaron por primera vez con los labios… el único testigo de su idilio fue Don Flavio. El mas inoportuno momento para barrer, cuando por fin lo habían logrado… se despidieron entre silencios y risas nerviosas confiando en que Don Flavio olvidaría el momento y no diría nada. Cuando menos se lo espera se encuentra con secretos, pero a él poco le importaban los secretos, tenía tanto en que pensar. Esa tarde tenía aún que barrer cuatro salones antes de poder ir a vivir su aventura de cada miércoles con la vigilante de la puerta dos. Hace dos meses que hacían el amor en un hotel cercano a la universidad.
No obstante el avanzado cáncer de la esposa de Flavio, ese día se besaron sin culpa, se desnudaron menos aprisa que de costumbre como dos novios escapándose en secreto de sus padres.
De regreso a casa, Flavio se sentó debajo de la lluvia, los enamorados caminaban de dos en dos y pasaban por sus ojos y Flavio se imaginaba libre sin una esposa enferma y sin cinco hijos… que bien se ven los que caminan de la mano.

-Creo que nunca imaginé que caminaríamos de la mano – susurró Daniela mientras sus zapatos y los de Alejandro chapoteaban en la lluvia.
-¿Pensarás en mi cuando estés del otro lado del mar?
-No lo sé, pero creo que podré pensar en ti de vez en cuando, cuando te escriba.
-Llévame en tu equipaje – dijo el maestro de la pequeña y menuda morena que sonreía al compás de los besos intermitentes -. Te prometo no hacer ruido.

Sus cuerpos se abrazaron como si no quisieran soltarse. La diferencia de edad se desvanecía cuando sus cuerpos formaban una línea de formas misteriosas. Se hacían el amor ante el cielo y la tierra mojada. Nunca olvidarían ese día. Cruzaron palabras por horas, el silencio fue el gran ausente. Daniela comenzó a escribir palabras en el aire. Y Alejandro jugaba a leerlas. Se platicaron de sus pasados imperfectos de futuros inciertos hasta que como un pacto de sangre determinaron hablar del presente o mejor aún: callar del presente.

Estela no podía creer lo que veía bajo la lluvia, tenía tres meses de embarazo y lo único que quería era terminar con ese problema. En la clínica no podían ayudarle por menos de seis mil pesos, y no le quedó más que sentarse debajo del monumento en una banca mojada. El estruendo interrumpió el silencio del parque. Debió pensarlo mejor antes de acostarse con ese compañero de trabajo. Casi podía llorar, pero se conformó con la lluvia. Demasiados policías… sintió un nudo en la garganta… se sentía tan culpable por lo que pensaba que era altamente probable que esos policías vinieran por ella.
Caminó nerviosa… los policías rodeaban el cuerpo inerte de un hombre que se había volado los sesos con una pistola barata y vieja. Lo identificaron por el gafete que aún portaba debajo de la chamarra:"Flavio González. Intendencia". Al menos su secreto seguiría siendo de dos.

Caminaron hacía la estación mas cercana. Cada paso era como un presagio de lo que pasaría al día siguiente: Puntuales, en la clase, miradas cruzadas, palabras calladas, y un viaje que se pintaba en cada beso y en cada mirada.
Harían el amor toda la noche, lo sabían, lo necesitaban, y luego jugarían a la escuelita y nunca hablarían de despedidas.
Muy probablemente encontrarían una forma trasatlántica de hacer el amor…

El metro prolongo sus besos y su momento, el metro decidió por ellos…

Una mujer de aproximadamente veinte año, aparentemente embarazada, se había tirado a las vías.

Andrés Castuera-Micher

19/1/10

Requiem


... se pronunció el décimo nombre, la última candidata...

Los doscientos cincuenta pesos semanales de colegiatura de aquella pinche academia, se tornaban a cada segundo un gasto inútil... con el rímel corrido, los dedos menguando entre los dedos... el sudor... pero sobre todo el miedo...con todo eso, la promesa en sus hombros, pesaba más que el dolor del fracaso...

Un desodorante en su mente. Curioso donde se viene a descubrir la importancia que puede llegar a tener un desodorante que no mancha y que protege veinticuatro horas, pero que, a la princesa, no pudo abrirle las puertas de la película que filmaría, según la cronología de sus sueños, tres años después...

No era rubia, tampoco tan esbelta, seguro era que los lentes de aquellas cámaras no podían filmar el talento, el tiempo trasnochado, las humillaciones de la maestra de danza por las rodillas chuecas y, mucho menos, la cara de su madre o, más bien, las dos caras de su madre: la que la puso dentro del taxi... y la que pondría esa noche tras la derrota.
Demasiadas caras para una misma tarde, demasiadas tardes con una misma cara.

La limusina en que debería ir esta Navidad a recoger a su madre ante las narices chatas aplastadas en las ventanas de las vecinas, se tornaba ahora en una deuda, una deuda de sangre.

Apareció entonces ese auto plateado frente a la princesa. Ese que brillaba con los rayos de las lámparas del callejón.  Dentro, un hombre la miraba y la desnudaba con el libido destilado por el vapor en los cristales.

- Quizá mamá perdonaría la ausencia de la limusina si llego hoy en ese gran auto plateado – pensaba para sí la princesa que veía en aquel símbolo de “peace and love” en la parrilla, un buen presagio.

Se subió.

La madre espera.

Prende todos los días y todas las noches el televisor, esperando a su princesa anunciando el desodorante que no mancha. Paciente sin moverse, está segura que algún día aparecerá.

La princesa parece que nunca ha bajado del auto. Su vestido está arrugado, sucio y manchado. Y, con un gran peso en los hombros, espera el día en que una limusina pare en aquella esquina, que la lleve lejos del hombre del auto gris que la observa de noche y la ultraja de día e irse lejos.

Irse con la vieja que agoniza frente al televisor, irse con la vieja a ver el mar y decirle que el mar es hermoso.

Andrés Castuera-Micher