30/11/11

Tratado de Origami




I: 
Nuestro amor de papel en forma de corazón triangular en dirección a ninguna parte como veleta... te amo color papel lustre morado y encima de todo un pisapapeles llamado silencio.

II: 
Un avión de papel lanzo al aire, por cada muerta, un papel lanzo al aire por cada muerto, para que se suban en él y vuelen lejos, muy lejos, a Laponia si es preciso... pero no se queden aquí, en este país de papel arrugado a que los matemos otra vez al olvidarlas y olvidarlos... y tu carta no te la escribo, usé la hoja para el más pequeño de los muertos..

III: 
Te voy a envolver en papel mantequilla para untarte en mi piel que es de papel Revolución y empapados,empapelados, nos vamos a deslizar por un río de néctar en un barquito de papel azul, en un barquito diminuto en el que solo cabemos tú, yo y un sueño, el que quieras, envuelto en papel ilusión...

IV: 
Necesitamos un castillo de papel, para guardar nuestro sueño de celofán, para que nadie lo pueda desdoblar ni quitarle las arrugas que a cada nueva idea se le han hecho y un dragón de papel naranja y otro de papel ocre y en la escalera de cartón, cada peldaño va a estar doblado con tu mano izquierda y con la mía y el dragón con su fuego no va a quemarnos porque somos como él y entonces vamos a sonreír a las tres menos doce y seguir doblando nuestra historia de couché...

 V: 
Tú, papel carbon al rojo vivo y yo papel mantequilla que se derrite con los dobleces de tu entrepierna blanca, y voy haciendo confeti en tu espalda con mis dedos perforando y mis besos pegados con cinta canela a tu cintura de canela encinta...


 VI: 
Mi papel: amarte como si fuera el primer día, el tuyo, doblado por todas partes: Negarte, irte, nunca ser parte de esta maqueta de cartón cuya etiqueta dice: nuestra historia...


 VII:
 Hoy sobre tus edificios de cartón van a volar mis aviones de papel teñidos con crayola color sangre con los gritos de mis hermanos y hermanas asesinados por pasar tus muros de papel América, mis aviones son de papel Revolución... Y dos barcos de papel maché al pueblo de Chile por su 11 de de septiembre que sigue doliendo, viva Chile!

  VIII: 

Hoy he visto a los hombres y mujeres confeti después de su noche de serpentinas con su pequeño líder de cartón darse cuenta que fueron parte de una maqueta y que en verdad nadie vio sus corazones de amate y todos siguen jugando en país albanene de papeletas robadas... Pero viven a su modo confeti y gritan como cada festival del cartón que su país de papel vive también...

 IX:
A pesar de la distancia... eres el ruido de mis páginas...

X:
En mi cono de papel, a falta de café: Té de seo.

XI:
En una partida de póquer entre el amor y el desamor, éste destapa sobre la mesa los cuatro ases que tiene de mano y comienza a reír a carcajadas; mientras tanto el amor callado los observa y acto seguido dobla la apuesta en papel moneda...

XII:
Ya que te metiste en los renglones de mi hoja en blanco ¿te puedo besar antes de los puntos suspensivos?..

XIII:
Teme, te me estás olvidando. 
Y las hojas se están volviendo amarillas.

XIV:
Voy a agarrar tus recuerdos, uno por uno y con ellos voy a hacer una torre de papel inmensa para subirme a contemplarte sin que el mundo me moleste...

XV:
Suponiendo que Dios quisiera decirme algo, le pediría que dejara el recado en un papelito con mi madre...

XVI:
Hoy encontré mi vieja crayola azul, apenas y tenía punta, apenas y era azul, la levanté del suelo, la pedí perdón por haberla olvidado, sin embargo ya no quiso dibujar unicornios...


XVII:
Es que redacto tan bien mis mentiras 
y en hojas de papel tan delgado que hasta parecen poesía...

XVIII:

Si mis letras se quedan sin filo, siempre tendré mi crayola azul sin punta para dibujar unicornios en las paredes con papel tapiz color nostalgia...

XIX:

Regresa... aún hay tranvías de cartón que salen de noche a la tierra de los sueños renunciados... tengo boleto y medio... regresa...


XX:
Se quedaron esperándote: El tranvía viejo de cartón, 
la estación abandonada de cartón triste, 
la banca de cartulina desvencijada, 
los recuerdos ignorados, 
la maleta en la que llevaba lo necesario para fugarme contigo. 

La gente que caminaba por ahí, esa no te esperaba, esa solo existía sin tener a alguien a quien esperar... 
Yo tampoco te esperé, yo morí tan pronto no llegaste.



22/11/11

En algún lugar... el arcoíris


Seis de la mañana, primero de enero de 2011.  Xavier camina sobre la acera de Paseo de la Reforma en búsqueda de algún Oxxo, Extra, Seven Eleven, en fin, la primera que encuentre; ya son tantas las tiendas de veinticuatro horas que, cualquiera será buena para comprar alguna comida de microondas, una coca de seiscientos mililitros y una caja de sus, cada vez más injustamente caros, Marlboro rojos duros.

La cruda de la cena de año nuevo se le nota en sus ojos llenos de violeta en los pómulos; sus casi sesenta años, no le permiten disimular el letargo al caminar. Contribuye, a la imagen desoladora, esa tos añeja que ya no es la de alguien de cuarenta y tantos años.

Xavier no suele celebrar nunca el año nuevo, sus teorías son varias: La primera dice entre líneas que deberíamos terminar de echar a perder bien el año antes de que nos den uno nuevo para darle en la madre. Incluso alguna vez agregó más hojitas, a su calendario de la barbacoa; le puso al azar hojas viejas de otros meses y creó así el mes trece con días significativos: el ocho de marzo, el siete de septiembre, el catorce de abril, el dos de octubre, el once de septiembre y el catorce de mayo, entre otros; según él, si alguien hacía un mes con los días que habían valido la pena, sería mucho más disfrutable que un enero lleno de frustraciones, crisis económica y cruda emocional.

Por ello, solía hacer su mes trece o catorce de ser necesario, y comenzar el año nuevo a mediados de febrero. Finalmente lo tenía muy claro, celebrar un nuevo año el primero de enero no era más que una convención gregoriana y ¿por qué iba a seguir las doctrinas cronológicas de una iglesia para la cual ni Xavier ni ninguno de sus amigos más entrañables eran dignos de formar parte? O lo que es peor, el de un clero que ahora había salido del clóset con la guadaña de homofóbico y mataputos. Ante la razón citada anteriormente, cualquier otra teoría resulta poca cosa, pero cabe señalar que tenía varios motivos para no celebrar el año nuevo.

Esta vez fue distinto, contrario a las anti tradiciones de Xavi, reunió a tantos amigos y amigas como pudo en su pequeño departamento de la Cuauhtémoc y celebró como si hubiera juntado al mismo tiempo todas las fiestas de año nuevo que había dejado pendientes.

Se detuvo frente a lo que muchos llaman el Ángel de la Independencia, a la que cariñosamente él nombra la Ángela del Vips y no pudo evitar que los recuerdos invadieran sus ojos cansados. ¿Cuántos cafés había tomado en ese sitio? ¿Cuántos ligues clandestinos tuvieron lugar frente a esa columna?

Y de los recuerdos cachondos y felices, cuando se detuvo en la calle de Niza, comenzaron las memorias dolorosas: las razias, las madrizas, las noches en“el torito”, las subidas a “las julias”, las corretizas en la Roma… Todo lo queuno se ganaba por ser gay en los ochenta.

Las lágrimas terminaron por traicionar a Xavier. A sus 59 años era la primera vez que lloraba de coraje y nostalgia al mismo tiempo. ¿Qué le había hecho él a la gente para que lo odiaran tanto? No pudo evitar llevarse la mano a la cicatriz en su mejilla derecha que ya los años habían desvanecido, pero que en la memoria no había dejado de doler. Era la bota negra y dura de un policía azul que, en una de tantas, le propinó una patada en la jeta. Antes el uniformado le había escupido en la cara y le había preguntado si no le daba pena ser puto y andar besándose con otro cabrón a lo que Xavi había levantado la cara diciendo: “Más pena me daría ser un pinche poli joto que se madrea a los que no tienen pena de serlo”.

Hay quienes, hasta el día de hoy, dicen que se ganó la patada por hocicón, pero él siempre replica que más vale un puto con huevos que uno con uniforme. Lo que es cierto es que después de esa humillación, la vida de Xavi dio un giro irreversible: Decidió que nunca más nadie le escupiría y mucho menos lo humillaría por ser diferente. En esos tiempos la palabra “diferente” era la única que se le venía a la mente, ya más entrada su lucha usaría términos mucho más valientes y sociológicamente correctos.

Una vez adquirida su coca, burritos de carne deshebrada y cigarros, encendió uno y emprendió el camino de regreso a su guarida, donde algunos todavía yacían encuerados o con los calzones rojos a medio poner en los sillones de la sala o, los más afortunados en la pequeña tina del baño. La mayoría de las chavas y chavos en la fiesta de ayer oscilaban entre los diecinueve y veintisiete años, pertenecían a lo que Xavi llamaba la nueva bancada gay.

No pudo detenerse, entre fumada y fumada, a pensar en lo fácil que les había tocado a los chamacos y chamacas ser “de ambiente” en estos días. A lo sumo se tenían que haber enfrentado a su familia, pero eso era a huevo sino querías quedarte en el clóset, eso les tocaba a todos. Pero a esta generación ya le tocaron antros abiertamente de onda, tables, restaurantes, sex shops, cines exclusivos, hoteles, caray, hasta pueden irse besando en el metro sin que nadie les diga nada.

Aunque muchos se mueran de ganas de escupirles, pegarles o sacarlos del vagón, ya no se puede. Ahora los pinches polis se tienen que chingar y joderse al que escupe, golpea o insulta a uno o una como Xavi. No era que Xavier se encabronara porque ahora ser gay hasta se haya vuelto una moda, al contrario, sentía chingón que la partida de madre que se dieron todos sus cuates, cuatas y demás agremiados, hoy les hiciera la vida un poco más liviana a otros y otras que, a lo mejor con las condiciones en las que él y los suyos tuvieron que soportar, se hubieran quedado siempre con las ganas de ser felices tal y como son.

Ya de regreso en Reforma se topó con los recuerdos de las más de treinta marchas por el orgullo gay en las que había participado y reflexionaba en cómo éstas habían pasado de ser un acto de visibilización y proscripción pública, a un evento de solidaridad, y que hoy en día eran casi una festividad tirando a carnaval.

Nunca olvidaría la más reciente, en la que un grupo de madres coreaba a garganta abierta: “Es un honor tener un hijo gay”, acto que en su momento y, de nuevo hoy en su caminata, le había conmovido hasta las lágrimas, porque no podía negar que le hubiera encantado escuchar a doña Elisa, su madre, al menos susurrarlo, quien, por el contrario, murió con la firme idea de que prefería un hijo muerto que un hijo puto, y a la que, por si fuera poco, tuvo que velar desde un café a una cuadra del Gayoso, ante la amenaza de sus familiares de correrlo a patadas si se atrevía a entrar en la capilla. Dicho sea de paso, nos hemos encontrado con otra de las razones por las que Xavi no solía celebrar el año nuevo.

Xavier levantó la mirada para ver a su Ángela del Vips, a la que, días atrás, había visto iluminada totalmente de color fucsia, para, según esto, conmemorar el Día Internacional de la Lucha contra el VIH. Al margen de esa causa, para él había significado mucho que el símbolo de la independencia nacional de México luciera de ese color ante los ojos de todas y todos.

Aquel día, esa imagen, le hizo decidirse de una vez por todas a celebrar el año nuevo por primera vez en mucho tiempo; pero también, ese día, pensó mucho en Guido, su compañero durante casi veinte años, quien, precisamente, había muerto de SIDA y que, orgulloso de su estado, solía decir a los médicos: es mejor morir en el hospital que encerrado en el clóset.

La muerte de Guido, inspiró a muchos a seguir adelante, él había sido uno de los primeros en formar comités de lucha por los derechos de las personas con VIH, siempre fue un ejemplo a seguir, y seguramente algo tuvo que ver en que, a diez años de distancia, esas luces rosadas se elevaran en todo lo alto, resaltando a la Ángela del Vips.

Hoy, Guido no estaba físicamente en la primera fiesta de año nuevo de Xavi, pero por supuesto que había una copa extra con uvas y champagne, dispuesta para su memoria. Xavier no podía negar la nostalgia que le traía mirar aquella fotografía en la pared al momento de las doce campanadas, pero, acto seguido, besó, con toda la pasión que pudo, a Rubén, su esposo. ¡Como le gustaba decirle esposo! presentarlo así en todos lados, ir colgado del brazo de su marido cuarentón, guapo y calvo.

Cuando llegó a la esquina de su casa, no pudo evitar ver al voceador del periódico Reforma que se disponía a comenzar su jornada de trabajo, la curiosidad lo hizo asomarse a la primera plana del primer periódico del año; sin embargo, detuvo su impulso ante un egoísmo poco común en él, pero que esta vez consideraba necesario: Los muertos, la violencia, la impunidad… todo eso tendría que esperar. Su motivo de ver este año de un modo diferente le impedía contagiarse de la mugre cotidiana estampada en los diarios. Tan sólo pensó en su teoría y se sonrió para sí mismo pensando: “¿para que empezar un año nuevo si todavía sobraban motivos para echar a perder el anterior?”.

Todas y todos los presentes al momento del brindis esperaban ansiosos el discurso de Xavier, quien no hizo más que levantar su copa y decir con voz entrecortada: “Salud, amigas y amigos, porque este año hemos encontrado, en algún lugar, el arcoíris”.

El silencio y el llanto entre las y los presentes dejaba claro que, aunque había mucho camino por recorrer, aunque este año en nada cambiaría la mentalidad obtusa de algunas de sus familias ni la tendencia de ciertas empresas a despedir gente por sus preferencia sexual y a pesar de que la homofobia del clero iba en aumento, era innegable que por primera vez en sus vidas podrían llamar esposo o esposa al ser con quien habían decidido compartir su vida, le pesara a quien le pesara. Xavier sabía que en ese año y en los que le quedaran de vida al lado de su segundo amor, Rubén, por fin podría gritar a los cuatro vientos “Soy gay”, sin tener que llevar una pancarta y las manos empuñadas, tan sólo gritarlo de la mano de su esposo.


2/11/11

Ofrenda para las y los vivos

Mi hija, la menor, se acercó con la foto de Mario Benedetti, adivinando, que, como el año anterior, pondríamos un pequeño altar a la orilla de la ventana, con una matera, dos barras de dulce de leche y algunos poemas del maestro. Sin embargo, no tuve ánimo siquiera de comprar un ramo pequeño de flores de cempasúchil. La radio convulsiona casi en cualquier estación tratando de sumar los muertos y las muertas de la última semana, las páginas de los periódicos apestan a morgue de tantos cadáveres que aparecen fotografiados y, en el mejor de los casos, descritos en alguna nota que intenta no caer en un amarillismo propio de una realidad que ha superado a la ficción.

No sé si con la muerte tan viva, se pueda celebrar el día de Muertos. No escribo esto con el afán de ir a contracorriente con una tradición ancestral, ni mucho menos atacar o molestar a quienes, a inicios de noviembre, se encaminan a los panteones o rezan frente a las ofrendas; pero a mí me parece que las muertas, los muertos y la muerte, en estos días, en este pedazo de tierra hipotecado por la miseria llamado México, ya no es cosa de juego. No sé si las y los mexicanos podemos reírnos de la parca como años atrás. No me imagino poniendo una ofrenda cerca de los miles y miles de deudos con lágrimas, aún frescas, por lo reciente e inexplicable de sus pérdidas.

Dando vuelta a la página, comparto que traté de ver la ofrenda como un homenaje, como un recuerdo, hasta como un acto de protesta hogareña por todas esas muertas y muertos. Pensé poner también la fotografía de cada uno de los niños y niñas que murieron incineradas por la negligencia en la guardería ABC hace varios años ya, entonces entendí que tendría, además, que colocar miles de cruces rosas en cada centímetro de la ofrenda con los nombres de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez, a las que muchos nombran irresponsablemente “Las Muertas de Juárez”, (como si hubieran muerto de causas naturales, o por la edad, como si asesinada y muerta fueran lo mismo, achacando, por si fuera poco, a don Benito Juárez crímenes que no cometió) luego agregar cruces por todos los feminicidios cometidos el Estado de México y el resto del País.

Esta idea me inclina a dedicar un altar a nuestras mujeres desaparecidas, no sólo por haber sido asesinadas, sino borradas por las otras muertes más recientes, más comerciales, y menos vergonzosas para algunos en el poder y que además llevan el logotipo de “guerra contra el narco”; éstas que se han empeñado en sumar día con día para olvidar, aún más, a las olvidadas del desierto. Luego pensé que las otras, son igualmente muertes, igualmente dolorosas, y el que sean usadas como cortina de humo para tapar una de las grandes heridas del país, eso no es culpa de las víctimas.

Así, mi ofrenda tendría que tener a todos los niños y niñas acribillados por soldados quienes, sin ley, disparan a los inocentes en fuego cruzado, a los que por caminar en la calle les estalla una granada, a los mojados del  sur que matamos como perros mientras criticamos que a nuestros mojados del norte, nos los matan como perros, agregar también a los jóvenes que se han vuelto el manjar favorito de un gobierno que los “ninea” indiscriminadamente, al grado de volverlos el nuevo blanco de sus “enemigos” los narcos.

Después tendría que buscar la manera más simbólica y discreta de representar a los muertos que no salen en las noticias…

Con un dolor en el estómago y la mirada interrogante de mi hija ante esa inactividad para poner la ofrenda, solo le respondí con la voz entrecortada: “Es que de verdad no me caben tantas muertas y muertos en mi ofrenda”.

Pienso, ¿qué les iba a poner a estas muertas y muertos en el altar? Si no están pidiendo comida, ni fotografías, ni veladoras, tampoco las flores, lo que piden es justicia, ¿eso cómo se pone en una ofrenda?

Lo más que pensé fue dejar cientos de vasos de agua para saciar esa sed de justicia, pero ni el agua de toda la casa, la colonia, el país ni el mundo sería suficiente. No creo que los muertos de hoy necesiten una ofrenda, mucho menos si, ya muertos, los hemos matado otra vez con nuestro silencio.

Entonces, mi silencio, tan culpable e irresponsable, fue invadido por un pensamiento siniestro a través de un hormigueo ascendente en cada uno de los nervios que me quedan y concluí que quizá tendría que hacer esa ofrenda para mí. Una ofrenda para un vivo cuyo porcentaje de sobrevivencia, en un día cualquiera, se reduce exponencialmente cada tarde,
cada noche, en cada semáforo, en cada esquina.

Quizá, sería conveniente dejar instrucciones precisas sobre lo que me gustaría en mi ofrenda, ante la inminente posibilidad de necesitarla el próximo año. Las ideas que me llevaron a pensar que habría que poner, más bien, una ofrenda a los vivos. A esos vivos tan muertos como yo, ésos que viven en un país que se tutea con la muerte, pero no al estilo burlesco de Posadas, más bien al extremo de tenerla en la nómina de la federación, con su respectiva compensación garantizada.

En esa ofrenda, pondría, después de mi retrato, la fotografía de mis tres hijas, de quienes la justicia, disfrazada de ministro misógino y corrupto, ya se burló y escupió en la cara, porque al ser mujeres, y al estar sin jueces que hagan valer las leyes para protegerlas, su vida es blanco fácil de la impunidad.

Agregaría a todas las mujeres vivas de Juárez, Naucalpan, Tultitlán, Tamaulipas, Ecatepec, Neza, la Narvarte, Tláhuac y Guerrero, también a las mujeres trabajadoras, emigrantes de sus pueblos que por falta de oportunidades y que, sin ir más lejos, sólo por ser mujeres, gozan involuntariamente de la indiferencia machista de procuradores ciegos, sordos y de carrera política ascendente. Incluiría a las mujeres de todo el país. Después pondría a los periodistas que tanto admiro, quienes se han ganado la muerte en vida por no vender su tinta, no arrendar sus ideas y no parar las prensas valientes, ni siquiera viendo la sangre correr en las prensas vecinas.

Pondría también a todos los que conducen en las carreteras y han caído muertos luego de pasar por un retén militar, sólo por la infinitésima posibilidad de ser narcotraficantes al volante a plena luz del día en vehículos sedán, de modelo antiguo y con toda su familia a bordo.

Y no podría dejar de poner a los enfermos, sólo a los pobres, que dependen de la Salud Pública para salvar su vida, ante la indiferencia de autoridades con Seguro de Gastos Médicos Mayores en aseguradoras de paga.

Después, tendría que poner a los “ni ni ni ni” ni estudian, ni trabajan con salario, ni tienen donde hacerlo, ni tienen una motivación para ello. A toda esta juventud regada en las regiones más apartadas y marginadas del país, que no salen en las estadísticas, ni en las fotos; a estos vivos los pongo porque si murieran nunca nos enteraríamos.

Voy a poner también a cualquier joven, adicto, ex adicto, lavacoches, transeúnte, estudiante… a cualquiera, porque hoy en México, la principal causa de muerte es la juventud.

A mis cuarenta y tres hermanos de Ayotzinapa, a esos normalistas guerreros también voy a ponerlos con velas color sangre, color Patria, para que sepan que gritamos y los esperamos para marchar con ellos por las calles...

Y después voy a poner al águila, sin bandera y sin nopal, al centro del altar, agonizando, y con las alas tapándose el rostro de vergüenza, porque en mi país no hay vivo que no esté muerto.

Habría que poner una ofrenda para los vivos...

2 de Noviembre 2011.

® 2011, Andrés Castuera-Micher.

Publicado en "Renglones que Saben a Ciudad" 2017.