9/9/12

Luis



Hoy en día los ruidos del metro se han vuelto un verdadero martirio para los oídos de cualquiera, el silencio es un lujo que casi no existe en los vagones; cuando no son los pregones a gritos de los cientos de objetos que se venden a diez pesos, entra en acción la competencia de conciertos móviles en la que no importa qué se escucha sino lo alto del volumen. En la línea dos, la color azul, los nuevos trenes que no tienen separación entre cada vagón, el daño para los oídos es mayor, no se tiene ni siquiera la pausa piadosa entre que sale uno y entra el otro, o la suerte de que la puerta haga un milagro y deje afuera la bocina que escupe música.

Era un día ruidoso en el metro Revolución, el convoy llevaba más de siete minutos detenido y en el extremo sur del tren se escuchaba una mezcla de los Tigres del Norte, El Recodo y cuatro bandas más; mientras tanto, en el extremo norte teníamos el duelo de divas con la D`alessio y su pedazo de canción cortado sin escrúpulos con un trocito de “La maldita primavera” de Yuri…   Nadie se movía de su asiento, la lluvia haría que la marcha de los trenes fuera lenta, eso lo había dejado claro la señorita adentro de la bocina desde hace catorce repeticiones. Entonces, entre la multitud aturdida y los ruidos que seguían brotando de las mochilas-monstruo digital, una voz cansada se acercaba desde el vagón vecino, era la voz de un hombre viejo cantando una pieza que contrastaba con todo lo demás…

-México lindo y querido, si muero lejos de ti – Murmuraba el canto de aquel anciano. – que digan que estoy dormido y que me traigan aquí…

Don Luis aparentaba setenta de los ochenta y cuatro años que tenía y su voz, a pesar de lo cansada, se mantenía firme  y con un tono tan amable, que cualquiera adivinaría que en algún momento de su vida había cantado profesionalmente; pero no, Don Luis nada más cantaba por gusto y lo que nadie sabía era que cantaba siempre la misma canción.

Cuando cruzaba  por el centro del vagón, las puertas finalmente se cerraron, pero el escándalo se hizo mayor cuando un tercero entró en discordia con lo mejor del Reggaeton; sin embargo, Don Luis seguía cantando cómo si no pasará nada a su alrededor y así pasó frente a todos: sentados y parados, damas y caballeros, niños y niñas.

Algo que me llamó la atención era que Don Luis no se detenía en ningun lugar a extender la mano o recitar su letanía para pedir limosna, caridad, una moneda o cualquier modalidad característica del metro. No, Don Luis sólo cantaba la misma canción a lo largo de los vagones.

En Hidalgo, la gente entró, empujó, salió, gritó,  se acomodó y en un pequeño silencio, todo el tren dejaba resonar aquel eco de la voz, que ya a estas alturas, había recorrido todo el tren.

-       Que me entierren en la sierra, al pie de los magueyales y que me cubra esta tierra que es cuna de hombres cabales – Cantaba otra vez al  llegar a esa parte de la canción.


No pude evitar seguirlo por más de cinco vagones para comprobar que efectivamente no pedía nada, sólo cantaba, la mayoría de la gente no podía evitar voltear a verle, escucharle, a pesar del surtido rico de música a todo volumen, todos se quedaban mirando a Don Luis. Cuando el metro se detuvo en la estación Zócalo, cantó la copla final de la canción y bajó del vagón tranquilo, a paso lento y con una sonrisa en el rostro.  Yo no pude evitar seguirlo, tomó la salida que da a la plaza principal, alcancé a escuchar que iba silbando la misma tonada que había cantado por más de seis estaciones. Tenía que saber la razón por la que ese viejo sonriente cantaba en el metro la misma canción sin pedir nada a cambio.

Ya no llovía, de pronto, Don Luis se detuvo ante la bandera gigantesca, la miró con sus ojos negros y serios, llevó su mano derecha al pecho esbozando un saludo respetuoso, se quedó así por más de quince minutos, después comenzó a silbar la misma canción y tomó
 rumbo a la entrada del metro, después esperó el tren naranja y cuando éste abrió las puertas comenzó con voz tierna, cansada y constante:

-       Voz de la guitarra mía, al despertar la mañana, quiere cantar su alegría, a mi tierra mexicana…


  ®Andrés Castuera-Micher (2012)
Publicado en la revista "Merolico" Número 6, Septiembre 2012.
Publicado en 2017 en el libro "Renglones que saben a Ciudad"