8/11/10

Paulatina T.


Paulatina T.

¿Por qué me sigo jugando la vida en cada poema que te escribo?
¿Por qué sigo extrañando ese beso único, entretejido en ayeres 
y sin fecha de caducidad?

¿A que se debe que los parques no dejen de recordarme tus palabras?
¿Por qué hasta los árboles se acuerdan de las veces que dijiste no?

Sigues siendo aquel parque en el que dices que me quedé,
yo camino, no sé hacer otra cosa..

... aunque también he aprendido a soñar
y también, cuando no lo sabes sueño contigo...

Sigo sin entender porqué me gustas como antes
y lo que sí entiendo es porqué me gustas más
lo que no tolero es que tus ojos me enamoren
y que mi deseo de parque
hoy sea un deseo de una isla con tu ausencia interrumpida
por un instante entre tu sudor, el mío 
y los demás que esperen...

los demás que no existan...

Justamente ahora,
quiero desentenderte por completo
y que dejes de ser recuerdo

¿Por qué tengo que cambiarte el nombre
para escribirte oculto en la clandestinidad 
de tú poeta tonto, idiota pero tuyo?

A diez años de tú historia
a tu poeta le sigues rompiendo el corazón...

Como al principio
tu prisa
mi espera
y el parque con una pregunta sin responder


¿Por qué?

y tu nombre surgiendo entre las torres
de la palabra paulatina que lo nombra...

...te nombro en nombre
de aquel amor sin nombre...

te nombro:
Paulatina,
paulatinamente te  nombro...

3/10/10

Adiós Gusano (cuento corto)



No caminabas con ella, ella caminaba contigo, normalmente atrás. La preferiste siempre callada y, ahora que ha hablado (o al menos escrito) te extraña lo que ahora te dice. Su intención no era preocuparte, si no lo logró en veinte años de su vida ¿Cómo imaginar que una sola frase, en aquella desvencijada pared, lo haría?

Llegaste como todas las tardes, bien comidito y bien cogido y no conforme, como cada noche, pedías la cena a gritos, sin saludar siquiera.

Después de tu tercer grito te dignaste a dejar el portafolio para irle a partir su madre, como demente, al ritmo de tus estúpidos reproches. ¿Cómo se atrevía a ignorarte tres veces consecutivas? Eso merecía una golpiza peor que aquella con la que la levantaste por la mañana para planchar tu camisa.

No pudiste matarla a golpes, ella se había ido.  “Adiós Gusano” decía con letras rojas en la pared.
- ¿Gusano? – te repetías sin entenderlo. – ¿Gusano? ¿Se atrevió a llamarme gusano, en cuanto llegué me las va a pagar? – Te decías a ti mismo mientras te servías el primer tequila de la noche y afinabas los puños para cuando entrara por esa puerta.


Andrés Castuera-Micher

Roxana (cuento corto)



Se abrió el elevador del hospital. Por la ventana alcancé a ver que era un edificio enorme de al menos quince pisos, según constaba en la pantalla digital que había ido cambiando conforme ascendíamos. (Yo sigo sin saber que estoy haciendo aquí).

Más allá de los vendajes, las agujas y los aparatos que rodeaban aquella camilla, lo que más me sorprendió es que en la sala de espera, me estaba esperando mi novia de cuando tenía diecisiete años. (Yo sigo sin saber que estoy haciendo aquí). Ella, Roxana, estaba idéntica. Pero cómo supo, lo que sea que me haya sucedido, ¿cómo se enteró? ¿Acaso nos amamos tanto en aquellos años para que, hoy, esté aquí?

Estabas idéntica… Caminabas de un lado al otro de la sala de espera. Cuando la camilla pasó cerca de ti, te abalanzaste sobre ella a pesar de que una enfermera quiso impedírtelo. Me pediste que me quedara contigo (Yo sigo sin saber que hago aquí). Me hablaste al oído de una misión en la vida y que tú y yo la cumpliríamos juntos.

Cuando terminó la operación, pude levantarme a buscarte. Tuve que andar de puntillas por el pasillo del hospital...  (Roxana, sigo sin saber que hago aquí)
¿Sabes, Roxana? lo que me hizo luchar con todas mis fuerzas dentro del quirófano fue descubrir que usabas el dije con la mitad de corazón que te regale cuando cumplimos seis meses de noviazgo y corroborar que aún tiene grabada mi inicial. ¿Sabes? Recordé lo doloroso que fue cuando decidiste irte, pero lo importante es que estás aquí.

Me dio miedo cuando no te encontré en la sala de espera. ¿Acaso tardó demasiado la operación?  ¿Alguien puede darme mi ropa? No puedo salir desnudo y frío a buscar a Roxana, sé que debe estar cerca. No se iría de nuevo.

Nadie pudo darme ni siquiera una bata del hospital y, así, tuve que salir, caminé por varios días, no te vi. Decidí regresar al hospital, a sentarme en el mismo lugar en el que estabas sentada cuando se abrió la puerta del elevador.


Roxana nunca regresó. Para no olvidarla otra vez, cada noche recorro los pasillos del hospital y me concentro en escuchar tu voz, está guardada en la esquina en la que se ubica la máquina de café. (Sigo sin saber que hago aquí).


® 2009, Andrés Castuera-Micher. Publicado en 2017 en el libro "Renglones que Saben a Ciudad"



15/8/10

¿Ser o no ser?


Hamlet, tras su honorable muerte a manos de una traición engalanada entre laureles, había sido juzgado en el más allá y declarado culpable de matar a su madre, por lo que fue condenado a regresar al mundo en pleno siglo XXI. Para evitar que se levantara en armas en algún reino europeo, fue soltado en plena avenida Paseo de la Reforma.
Con su ropaje negro y su barba pintoresca, miraba el obelisco de la independencia, preguntándose si aquella mujer disfrazada de ángel había hecho algo similar a él, algo  tan malo para que su castigo fuera estar en medio de ese lugar cubierta de oro y sin hablar.

Lejos de asustarse por la imprudencia de los conductores del transporte público Hamlet se reía de aquellas bestias enjauladas aplastándose las unas a las otras. Le recordaba las caravanas de prisioneros de antaño. Nada parecía intimidarlo, ni las risas que provocaba al caminar con esa gallardía.  
Lo que lo dejó boquiabierto y con el corazón roto, fue el estado en que se encontraban los músicos: sucios y en la calle sin que nadie los escuchara. ¿En qué mundo lo habían desterrado del cielo? ¿Qué urbe era ésta en la que los artistas eran tratados como pordioseros?  Hamlet, se puso una clara misión en la cabeza: clamaría justicia y buscaría a como diera lugar al tirano y dueño de aquel imperio de la "eme amarilla con fondo rojo" cuyos estandartes se alzaban soberbiamente por toda la comarca. 

Enardecido por la injusticia, aquel renacentista de locura oculta, irrumpió en el palacio de “M” exigiendo que el tirano de ese lugar le diera la cara.

Se paró frente a una de las doncellas raramente vestidas, al entender de Hamlet, una de las tantas que recibían las quejas del pueblo hambriento e inconforme a quienes callaban con una miserable ración de carne y pan.
- ¿Ser o no ser? – preguntó a la doncella.
- ¿Papas y refresco grande por dos pesos más? – respondió.

® 201o, Andrés Castuera-Micher. Publicado en 2017 en el libro "Renglones que Saben a Ciudad"

13/8/10

La abuela Nachita





La abuela Nachita


a mi padre


Nunca había visto a alguien morir de tristeza, pero a la abuela Nachita ya no le salían lágrimas y se le comenzó a salir el corazón, pequeño músculo que torpe no pudo entender lo que no tenía porque entender y se detuvo.

Y los que no sabemos despedirnos tenemos esta obsesión de escribir cosas al respecto y como notas al pie de página en los rincones de las funerarias: Hasta siempre viejita de cabello blanco.


El martes me quedó claro que se nos iba Nachita, los ojos grandes y sorprendidos de mis hijas la veían con una ternura distinta.

-¿Porqué la abuela Nachita está tan rara, papá? - me preguntaba la más pequeña.
- Es que está muy triste. - respondí con miedo de tener la razón.
- Pero porqué si la queremos mucho - agregó exigiendo una mejor respuesta de mi parte. - y el abito más.
- Es que a veces pensamos más en lo que ya no tenemos que en lo que tenemos- respondí sabiendo que mi respuesta era más bien una pregunta más para ella.

Nos quedó claro a todos, pero a ella no. Estaba sentada, igual que siempre, viendo la misma ventana, esperando que regresara lo que nunca iba a regresar, pero esta vez, esta vez leí en sus ojos cansados y que ya no querían ver, que ya no estaba esperando, que por primera vez en sus cientos de silencios frente al balcón, esta vez no estaba esperando, estaba despidiéndose, en ausencia, de quien no iba a poder hacerlo antes de tomar su tren a al pueblo de Don Flor, su esposo.

Gritaba que no podía ver y todos nos espantamos creyendo que podría estar quedando ciega o que algo podía haberle caído en los ojos, pero al ver sus ojitos pequeños a través de sus lentes descubrimos algo que solo en los ojos de los viejos tristes puede verse: Las lágrimas son sumamente corrosivas y pueden quitarle la vista a los que no ven por un tiempo determinado aquello que necesitan ver de vez en cuando.

A la abuela Nachita la conocí poco, pero mi papá la conocía muy bien y la quería aún mejor, y por eso sé que debió ser una gran mujer, porque mi papá no suele querer a mujeres malas. Cuando lo veía sentado a un lado de la silla de ruedas "nuevecita" que le compró a su mami, tomándole de la mano y con una ternura que sólo estando ahí, mirando a mi padre con su madre, podría describirse, pero era algo así como una mano fuerte, trabajadora y firme protegiendo a una manita cansada, arrugada y empuñada en silencio por el dolor.

Nunca había visto a nadie morir de tristeza, pero a la abuela Nachita ya no le quedaban ganas de vivir, y lo sé, porque papá y mamá lucharon a diestra y siniestra por que Nachita encontrará motivos.
La llevaban a todos lados, creo que nunca había paseado tanto la abuela, pero un día me di cuenta que no servía de mucho llevársela de paseo si su mente y sus ojitos se quedaban en aquel lugar al que ya no podía regresar.

Me despedí de la abuela Nachita, pero ella no se despidió de mi, eran las cinco quince de la tarde del martes y olvidé que es el horario en el que ella decidía no escuchar, después de las cuatro y media en que decidía no caminar. Así, tenía sus horarios y sus lugares para cada dolor, para cada olvido.

En verdad creo que se inventaba todos esos dolores en las piernas y los brazos y la cabeza para que no le doliera tanto el corazón. A las cinco y dieciséis me fui, mis hijas le dieron un beso, como todos los martes pero esta vez se lo dieron como si fuera el último o quizá porque lo era.

No volví a ver a la viejita de cabello blanco, porque no soporto ver a nadie dentro de un féretro, pero sé que ahí estaba porque algunos, los más valientes se posaban frente a la caja gris verdosa y se despedían.

Cuando me dijeron que se había ido doña Ignacia no pregunté nada, sabía que se había muerto de tristeza y nunca ví a nadie morir de tristeza estando tan feliz.

Teniendo casi todo a su alrededor, y con tanta gente con tantas ganas de verla llena de vida, pero para que alguien sonría se necesita de una sonrisa en los labios propios y no son suficientes ni siquiera catorce sonrisas ininterrumpidas alrededor.

Estoy triste, no por Nachita, porque ella en su silencio de piedra de la última vez, sin despedirse, se despidió y dejó clara su postura ante este mundo; pero duele mucho ver a mi padre triste por su mamá, por su viejita. Creo que eso debe sentirse cuando te desvives por una sonrisa y al final gana la amargura...

La mirada triste de mi papá es lo más triste de todas las tristezas juntas, tiene cara de que perdió la lucha por la felicidad de su mamá, de que hizo todo pero al final no pudo, pero yo creo que la abuelita nunca se sintió tan segura como estando con papá, si no no se hubiera ido, al final creo que toda la paz y alegría que le dieron mamá, papá y mis hijas a Nachita le sirvieron para llenar sus alas, porqué para volar se necesitan alas y para tener alas se necesitan muchas cosas y la viejita al fin las tuvo todas, las suficientes para irse.

No me gustan los funerales, menos el de Nachita, porque está dormida, porque no va a despertar y porqué además ella no sabe que a esa reunión, la última, llegaría lo que tanto esperaba sentada en el balcón mirando la ventana... o quizá lo supo, y sabía que era la única manera de que terminara una espera que parecía interminable.

Mi padre la echa de menos, mi madre la echa de menos, todos los que han venido a despedirse de ella la echan de menos, a quienes ella echaba de menos también la echan de menos, a destiempo; así pasa siempre. Pero ella, ya no tiene a quien echar de menos, todos están aquí.

Yo echo de menos su voz entrecortada y sus charlas breves y sus sonrisas intermitentes, pero lo que no echo de menos es verla echando de menos siempre, añorando de manera constante...

Nunca había visto a nadie morir de tristeza, rodeado de tanta alegría, pero cuando tienes casi todo, el "casi" puede ser suficiente para que el corazón deje de latir, de esperar, de mirar la ventana...



Nunca había visto a alguien morir de tristeza, pero a la abuela Nachita ya no le salían lágrimas y se le comenzó a salir el corazón, un corazón roto, confundido y cansado de esperar.


Andrés Castuera-Micher
13 de agosto 2010
Ilustrado por: Eugenia V. Cano

4/8/10

Merak


Alicia había decidido alcanzar las estrellas; ahora más que nunca lo necesitaba y sus brazos se estiraban hacia arriba intentando tocar el cielo.

Ya en el suelo, a pesar del dolor de la espalda, no dejaba de estirar las yemas de esos deditos pequeños que apuntaban lo más alto que podían.

Desde entonces, imaginaba que podía levantarse de su silla de ruedas y, con su mirada más lejos que sus dedos, una noche encontró la tercera estrella entre los dos árboles del jardín, a la que ella llamaba Merak. No es que supiera mucho de estrellas, pero recordaba haber leído ese nombre en algún mapa estelar en algún lugar en el armario.

Merak había llegado a su vida para salvarla de la soledad y del mundo hermético que Alicia había creado para sí. En ese mundo, el cielo no era sino un fenómeno de evaporación y precipitación del agua, era un universo real con seres llamados estrellas que escuchaban y, en ocasiones, cumplían deseos.

Buscaba otra compañía. Su madre nunca quería jugar a buscarle forma a las nubes.  Y cuando lo hacía, no solía ver más allá de “bolas de algodón”. Y así, entre charlas de televisión de su madre con las vecinas y catálogos de productos de belleza a buen precio, se le iba la vida en un rincón.

En uno de esos días fue que encontró en el armario, en ese que su mamá tenía cerrado con llave, en esos triques, se topó con un viejo telescopio. Tuvo que armarlo a escondidas durante tres semanas por su falta de pericia y las recurrentes intervenciones en el cuarto por parte de su madre quien, más temprano que tarde, la descubrió.

Alicia defendió como pudo ese telescopio gris, pero se lo quitaron. Era algo así como lo único que quedaba de ese, que ni nombre tenía en esa casa, pero, que, por el enojo de su madre, dedujo que aquel tubo mágico había pertenecido a su padre.

El telescopio quedó destruido sin argumentos y así, inservible fue arrojado en la basura. Alicia, con su sueño destrozado, subió por las escaleras, luego en la azotea, buscó a su padre entre las estrellas que podían verse, le gritó hasta quedar sin voz, quería irse con él, tenía miedo de no poder reconocerlo sin el telescopio.

Se quedó callada para ver si escuchaba respuesta, cruzó los brazos un momento y tres lágrimas después voló, quiso alcanzar las estrellas.

Alicia había decidido alcanzar las estrellas.


® 2009,  Andrés Castuera-Micher. 
Publicado en 2017 en el libro "Renglones que Saben a Ciudad"