7/3/10

Por favor


Debí haber hecho caso de los consejos de esa voz que de vez en cuando se dedicaba a hablarme...

– No te sientes hasta atrás... – me repetía mientras recorría el pasillo del camión...

Seguramente debí haberme sentado más adelante o irme parado, total, sólo me subía por evitar uno que otro semáforo o individuo; siempre estoy tratando de evitar individuos por miedo a ser invadido en mi falsa individualidad, por alguien que me embarre en la cara eso de que “el hombre es un ser social por naturaleza”.

Siempre he estado convencido de que las ventanas de hasta atrás de los camiones son sumamente peligrosas.
- ¿Me deja sentarme por favor? – y el individuo ni se movió... - ¿Le sobra un lugarcito? – repliqué con el derecho que me daba el ver un asiento vacío justo al lado de la ventana por la que yo quería mirar, además yo iba de pie y él sentado junto a un lugar vacío.
- No todos conocen el significado de la palabra “por favor” – pensé en voz casi alta por miedo a represalias. Tuve que evitar el protocolo y sentarme a la fuerza, para mi frustración, cuando miré por la ventana, el puesto de periódicos azul indicaba que me había pasado más de dos cuadras...

Tuve que bajarme y, como siempre, pagar las dos o tres cuadras que, de haberlas caminado, no me hubiera sentido tan auto defraudado.
Sentí tantas ganas de arrojar en la cabeza del individuo la moneda con la que debía pagar. ¡Pagué! Pude haberlo descalabrado, pero pagué. ¿Qué daño podía haberle hecho esa moneda? ¿Qué daño puede hacer cualquier moneda?

No debí haber hecho otra cosa que no fuera lo que el despertador al no sonar sugería. Nunca debí haberme levantado. ¡Como odio la palabra nunca! Nunca suelo decirla, la odio tanto como la palabra siempre, pero siempre que digo nunca, me refiero a algo concreto no a esos conceptos tan inalcanzables...

Caminando, aquel lugar, este lugar, para el caso presente: el lugar; el sitio lleno de individuos, me incitaba a desear estar en cualquier sitio menos en el que me encontraba por voluntad propia en contra de mi propia voluntad. De vez en cuando conviene ser coherentes con eso de que El hombre es un ser social por naturaleza.

Debí haber hecho caso de los consejos de esa voz que, de vez en cuando, se dedicaba a hablarme; pero de haber seguido así, quizá nunca hubiera vivido nada extraordinario.

Nunca se piensa el daño que se puede hacer con tan sólo una moneda, con una moneda de cinco pesos. De haberlo sabido…

Nunca antes le había visto, entre tantos y tontos como yo. Mi memoria de fisonomista me estaba traicionando o debía aceptar que nunca antes le había visto. No era parte de mi paisaje cotidiano. No, es oficial, no le había visto jamás y el letrero me pareció cómico: “usté deme cinco pesos y yo no tendré que pedir limosna nunca más”. Yo que nunca había creído en las palabras de semejante talla: nunca y siempre.

Difícil olvidar su cara mugrosa, era de una mugre que casi ya no se ve en estos días; era una mugre legítima, con olor a mugre, textura a mugre, mugre de calle, de dolor, casi impecable, aunque una o dos lágrimas la habían desteñido. Pero ese día al parecer no había llorado, por el contrario, debí haber desconfiado de su sonrisa.

Entre los transeúntes, individuos, semi humanos, nadie se detenía, quizá sabían algo que seguramente yo ignoraba. Debí haber hecho caso de esa voz y, eso que yo ignoraba, quizá debía ignorarlo, pero es que siempre…. no, no diré “siempre” una vez más.
Mi ignorancia nunca me había jugado tan sucio (de nuevo he dicho nunca), y hablando de suciedad, la de sus manos era totalmente distinta a la del resto del cuerpo; a esa le parecían brotar yagas, como si hubiera tenido la mano empuñada por mucho tiempo.

Ante ese letrero que colgaba de su cuello, cinco pesos, parecían ser mucho más que eso, parecía ser la cantidad necesaria para cambiar una vida. Me esculqué los bolsillos. No traía cambio, sólo un billete de veinte pesos. Era tan específica la solicitud de ese hombre, que tuve miedo de ofenderlo con el billete; aunque confieso que pensé que, si al darle cinco pesos dejaría de pedir limosna por siempre, si le daba yo cuatro veces lo solicitado, quizá dejaría de pedir limosna y además ser feliz.

- ¿Quién es feliz con quince pesos? - dictaba esa voz que mencioné hace un momento. – Es mejor que nos vayamos de aquí – concluyó.
- Por favor, por vidita suya –interrumpió ese pobre hombre con cara mugrosa, abusando de la mirada que por error habíamos cruzado.

Ese “por favor” retumbó en mis oídos como pocas veces alguna palabra había logrado herirme. Creo que por primera vez entendí el significado de esa palabra. Herido por las palabras de esa mugre legítima, ante la vergüenza de no llevar una maldita moneda de cinco pesos, como lo pedía ese cartel a gritos callados; corrí a un puesto de periódicos, no recuerdo que compré, mi desaliento fue tan grande al recibir moneditas de muy baja denominación ¡Ninguna de cinco!  Era tal mi temor de llegar tarde; de que al regresar él ya no estuviera. Finalmente, un bolero piadoso me otorgó el honor de sacar a ese hombre de pedir limosna... desde su punto de vista, esta moneda era suficiente...

Corrí, como sólo una o dos veces lo había hecho, y la segunda sin duda había sido para buscar la moneda. Lo vi desde lejos, el cartel al cuello, la sonrisa con un valor misterioso.... Allí estaba. Suplicando con toda dignidad, sin decir más que dos palabras... Pero esos que estaban pasando en ese momento por allí, parecían no escuchar ese “por favor” o mejor aún, a ellos no se los decía, yo había sido el elegido.

Me paré frente a él, con un temblor en las piernas que había sentido solo dos o tres veces, una de ellas, sin duda, al leer el cartel de ese hombre. Miré su cara, su sonrisa se tornaba en una angustiante interrogación; me miró de frente, no había salida, o le daba la moneda, o dejaba que otro lo hiciera; pero debía decidir en ese instante. Justo en el momento que el señor del cartel comenzaba a esbozar ese “por favor”, saqué la moneda de mi mano sucia de sudor, la extendí, él tomó mi mano cerciorándose que la moneda fuera legítima y de la denominación solicitada.

-Gracias- escuché – gracias... gracias...

No conté las veces que me agradeció mientras se perdía entre la gente.

Una pregunta terrible comenzó a llenarme la sangre de intranquilidad... Una pregunta, que, además, solo se resolvería siguiendo al señor de la moneda de a cinco. Apenas pude ver que se metió a un viejo edificio de los del centro, de esos que darían miedo de no ser por la justificada rabia que me sudaba entre la frente y entre los individuos. No eran más que unos baños públicos.

Pensé que tal vez era ahí donde vivía, de pronto, la voz detrás del cerebro me dictó situaciones tan lógicas, que alentaban mi paso mientras más me acercaba a esa guarida. Comencé a darle crédito a mi vocecita, claro, mis cinco pesos no eran los únicos, ni los primeros que había recibido, más bien los últimos de ese día y, una vez completada su cuota diaria, de regreso a descansar o emborracharse... De pronto olvidé que eso hacen los vagabundos... Estaba a punto de regresar a mi caminata hacia... ya ni me acuerdo dónde, pero de pronto me sentí con el derecho de reclamar mis cinco pesos.

Armado de valor, llegué hasta la entrada de aquel sitio. Había mucha gente, mucho ruido y mucho silencio...

La sangre se escurría entre los pies de los curiosos.

-No pueden ser mis cinco pesos – Argumentaba en mi interior, mientras trataba de recordar el cartel...

Leí por última vez el cartel en cuanto me pude abrir paso entre la gente, estaba tendido él, su letrero y su vida, sin embargo, esa sonrisa era lo único que se mantenía en pie...


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Todas mis preguntas se respondieron en esa máquina, una vieja máquina despachadora, apenas alcancé a leer “navajas para rasurar 5 pesos”, y más abajo un letrero aún más sarcástico, escrito a mano con severas faltas de ortografía: “Zolo asepta de a cinco y no da canvio” ...


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® 2006, Andrés Castuera-Micher. 
Publicado en 2017 en el libro "Renglones que Saben a Ciudad"

2 comentarios:

  1. Cuantas veces daremos 5 pesos para salvar una vida? y cuantas mas lo daremos para esclavizala mas?

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  2. Excelente, me gusto y me dejo pensando.

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