7/5/17

Postal de Reforma



Después de que caía la noche, el Rodo se sentaba en una de las bancas que daban a la glorieta principal de Reforma. Encendía lo que quedaba del cigarro que había conseguido, dejaba a un lado su caja con los chicles sobrantes, que cada vez eran más y se quedaba mirando por horas la parte más alta de la columna de la independencia. La última vez discutió por horas con la Lupis, ella decía que era una Ángela y él Rodo, duro y dale que no, que no había ángeles mujeres.

-Pos a mi expícame entonces porque tiene esas tetas que ya las quisiera yo para un domingo. – y con ese argumento le tuvo que dar la razón y cinco varos a la Lupis.

Nunca se sabía porque se quedaba tanto tiempo mirando tan arriba. Hasta llegaron a pensar los otros compas que estaba mirando al cielo para encontrar a sus papás, pero no, la verdad es que se hacía preguntas más cabronas. Esa noche, una vez que se terminó el cigarro, se levantó y gritó con todas las fuerzas que le quedaban:

-¿Por qué no te vas? ¿Estás pendeja o qué? Tú que tienes alas, ¿a qué chingados te quedas? – y de pronto las lágrimas comenzaron a llenar su cara mugrosa.

La Lupis, que lo había escuchado todo, se acercó y lo abrazó con todas sus fuerzas.
           
-No es que sea pendeja – le aclaró al Rodo mientras le acariciaba su correosa y negra melena – lo que pasa es que nos cuida de los pinches polis culeros. Desde allá arriba se los chinga. Te digo que es vieja, por eso no nos va a abandonar. Ya no llores pinche Rodo.


La avenida quedó en silencio, parecía que hasta los peatones habían entendido la magnitud de aquel momento en que dos chamacos de seis años, habían alcanzado la madurez.



® 2017, Andrés Castuera-Micher. "Renglones que saben a Ciudad"

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