
Y salían una tras otra las mariposas de su garganta, el oxígeno aturdía el poco cerebro que no se había destrozado.
Diez años, la mano abrazada al biberón de la menor ahora fuera de la ventana; no dejó de soñar.
Fierro alemán, doscientos cincuenta caballos de fuerza color plata rapidísimo. Año y modelo casi indefinido... vestiduras de piel.
Las ideas se disolvían con la lluvia y la lluvia solo borraba las huellas de sus manos y sus ideas color malva volaban y revoloteaban y un poco mas y quizá hubiera caído por allá. Ideas llenando de dicha lo vacío.
El ángel no estaba en la puerta y la puerta no llegaba a ningún lado y ese lugar cada vez tenía menos que hacer ahí. Un cielo infernado o un infierno acielado.
La manita de ahora solo tres dedos había soltado la muñeca; es increíble lo que un fierro de tal gris puede hacer a una serie de dedos que señalaban la luz mientras que las mariposas... diez.. tres... cuatro, etc. Y sin la luz no se hubieran visto las mariposas.
Mientras tanto, la vida saliendo por la cabeza y las patadas de ese caballo de acero, rápido, rápido y mas rápido y como sabiendo a donde ir: iba, hacía ninguna parte, claro... antes pasaría a dejar algunos recados para ser leídos, luego, en otro momento.
Y cada río que pasa por aquí se acordará de los trocitos de ilusión y hoy lleva un agua que sabe a ronda infantil truncada y ya no llegó al mar nadie, ni las mariposas, pero el agua, color gris-malva-mariposa de seguro los lleva a todos del entronque al drenaje y al mar luego y, de allí, a ningún lado, por lo menos no a la nube y en vez de ángeles: tiburones.
En vez de cielo: mar. Y después de todo, a ellos les gustaba el mar, mucho aunque no naden (pues ya no pueden) ... y se cae a pedazos como esas mariposas que escapan de la selva ensangrentada y dos pedazos de cerebro y de canas y algún libro de cuentos con un separador de hojas... y las hojas bien separadas por las mariposas y las gotas de lluvia y el polvo y dos dedos flotando y están saliendo una tras otra, una, dos, tres... catorcetrecetcétraercétera, las mariposas y vamos de un río a otro: letal, los fierros ya no valen nada y menos sin llantas, ¿ya para qué?
Y sin Paulita y sin dedos y sin cuento y sin el separador pues la lluvia era lo menos importante... el separador extraviado y el caballo ya no tenía ni gasolina y ¿cómo iba a saber tatita en que parte del cuento se quedó?
Solo el río podrá contar el cuento...
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