
Merak
Alicia había decidido alcanzar las estrellas, ahora mas que nunca lo necesitaba y sus brazos se estiraban hacia arriba intentando tocar el cielo.
Ya en el suelo y a pesar del dolor de la espalda no dejaba de estirar las yemas de esos deditos pequeños…
Imaginaba que se paraba en sus silla de ruedas y con su mirada más lejos que sus dedos se encontró la tercera estrella a la que ella llamaba Merak, no es que supiera mucho de estrellas, recordaba haber leído ese nombre en algún mapa estelar en algún lugar en el armario…
Merak llegó a su vida para salvarla de la soledad y del mundo hermético que Alicia había creado para sí en el que el cielo no era sino un fenómeno de evaporación y precipitación del agua.
No, no solía ver formas a las nubes mas allá de “bolas de algodón” y así entre charlas de televisión y productos de belleza a buen precio se le iba la vida.
En uno de esos días fue que encontró en el armario, en ese que su mamá tenía cerrado con llave, en esos triques, se topó con un viejo telescopio. Tuvo que armarlo a escondidas durante tres semanas por su falta de pericia y las recurrentes intervenciones en el cuarto por parte de su madre quien, más temprano que tarde, la descubrió.
Alicia defendió como pudo ese telescopio gris pero se lo quitaron… era algo así como lo único que quedaba de ese, que ni nombre tenía en esa casa, pero, que por el enojo de su madre, dedujo sería su padre.
El telescopio inservible y a la basura, Alicia con su sueños destrozados subió por las escaleras y por todo el techo buscó a su padre, quería irse con el a pesar de no tener telescopio.
Se cruzó de brazos un momento y tres lágrimas después voló, quiso alcanzar las estrellas, Alicia había decidido alcanzar las estrellas.
Andrés Castuera-Micher
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