13/8/10

La abuela Nachita





La abuela Nachita


a mi padre


Nunca había visto a alguien morir de tristeza, pero a la abuela Nachita ya no le salían lágrimas y se le comenzó a salir el corazón, pequeño músculo que torpe no pudo entender lo que no tenía porque entender y se detuvo.

Y los que no sabemos despedirnos tenemos esta obsesión de escribir cosas al respecto y como notas al pie de página en los rincones de las funerarias: Hasta siempre viejita de cabello blanco.


El martes me quedó claro que se nos iba Nachita, los ojos grandes y sorprendidos de mis hijas la veían con una ternura distinta.

-¿Porqué la abuela Nachita está tan rara, papá? - me preguntaba la más pequeña.
- Es que está muy triste. - respondí con miedo de tener la razón.
- Pero porqué si la queremos mucho - agregó exigiendo una mejor respuesta de mi parte. - y el abito más.
- Es que a veces pensamos más en lo que ya no tenemos que en lo que tenemos- respondí sabiendo que mi respuesta era más bien una pregunta más para ella.

Nos quedó claro a todos, pero a ella no. Estaba sentada, igual que siempre, viendo la misma ventana, esperando que regresara lo que nunca iba a regresar, pero esta vez, esta vez leí en sus ojos cansados y que ya no querían ver, que ya no estaba esperando, que por primera vez en sus cientos de silencios frente al balcón, esta vez no estaba esperando, estaba despidiéndose, en ausencia, de quien no iba a poder hacerlo antes de tomar su tren a al pueblo de Don Flor, su esposo.

Gritaba que no podía ver y todos nos espantamos creyendo que podría estar quedando ciega o que algo podía haberle caído en los ojos, pero al ver sus ojitos pequeños a través de sus lentes descubrimos algo que solo en los ojos de los viejos tristes puede verse: Las lágrimas son sumamente corrosivas y pueden quitarle la vista a los que no ven por un tiempo determinado aquello que necesitan ver de vez en cuando.

A la abuela Nachita la conocí poco, pero mi papá la conocía muy bien y la quería aún mejor, y por eso sé que debió ser una gran mujer, porque mi papá no suele querer a mujeres malas. Cuando lo veía sentado a un lado de la silla de ruedas "nuevecita" que le compró a su mami, tomándole de la mano y con una ternura que sólo estando ahí, mirando a mi padre con su madre, podría describirse, pero era algo así como una mano fuerte, trabajadora y firme protegiendo a una manita cansada, arrugada y empuñada en silencio por el dolor.

Nunca había visto a nadie morir de tristeza, pero a la abuela Nachita ya no le quedaban ganas de vivir, y lo sé, porque papá y mamá lucharon a diestra y siniestra por que Nachita encontrará motivos.
La llevaban a todos lados, creo que nunca había paseado tanto la abuela, pero un día me di cuenta que no servía de mucho llevársela de paseo si su mente y sus ojitos se quedaban en aquel lugar al que ya no podía regresar.

Me despedí de la abuela Nachita, pero ella no se despidió de mi, eran las cinco quince de la tarde del martes y olvidé que es el horario en el que ella decidía no escuchar, después de las cuatro y media en que decidía no caminar. Así, tenía sus horarios y sus lugares para cada dolor, para cada olvido.

En verdad creo que se inventaba todos esos dolores en las piernas y los brazos y la cabeza para que no le doliera tanto el corazón. A las cinco y dieciséis me fui, mis hijas le dieron un beso, como todos los martes pero esta vez se lo dieron como si fuera el último o quizá porque lo era.

No volví a ver a la viejita de cabello blanco, porque no soporto ver a nadie dentro de un féretro, pero sé que ahí estaba porque algunos, los más valientes se posaban frente a la caja gris verdosa y se despedían.

Cuando me dijeron que se había ido doña Ignacia no pregunté nada, sabía que se había muerto de tristeza y nunca ví a nadie morir de tristeza estando tan feliz.

Teniendo casi todo a su alrededor, y con tanta gente con tantas ganas de verla llena de vida, pero para que alguien sonría se necesita de una sonrisa en los labios propios y no son suficientes ni siquiera catorce sonrisas ininterrumpidas alrededor.

Estoy triste, no por Nachita, porque ella en su silencio de piedra de la última vez, sin despedirse, se despidió y dejó clara su postura ante este mundo; pero duele mucho ver a mi padre triste por su mamá, por su viejita. Creo que eso debe sentirse cuando te desvives por una sonrisa y al final gana la amargura...

La mirada triste de mi papá es lo más triste de todas las tristezas juntas, tiene cara de que perdió la lucha por la felicidad de su mamá, de que hizo todo pero al final no pudo, pero yo creo que la abuelita nunca se sintió tan segura como estando con papá, si no no se hubiera ido, al final creo que toda la paz y alegría que le dieron mamá, papá y mis hijas a Nachita le sirvieron para llenar sus alas, porqué para volar se necesitan alas y para tener alas se necesitan muchas cosas y la viejita al fin las tuvo todas, las suficientes para irse.

No me gustan los funerales, menos el de Nachita, porque está dormida, porque no va a despertar y porqué además ella no sabe que a esa reunión, la última, llegaría lo que tanto esperaba sentada en el balcón mirando la ventana... o quizá lo supo, y sabía que era la única manera de que terminara una espera que parecía interminable.

Mi padre la echa de menos, mi madre la echa de menos, todos los que han venido a despedirse de ella la echan de menos, a quienes ella echaba de menos también la echan de menos, a destiempo; así pasa siempre. Pero ella, ya no tiene a quien echar de menos, todos están aquí.

Yo echo de menos su voz entrecortada y sus charlas breves y sus sonrisas intermitentes, pero lo que no echo de menos es verla echando de menos siempre, añorando de manera constante...

Nunca había visto a nadie morir de tristeza, rodeado de tanta alegría, pero cuando tienes casi todo, el "casi" puede ser suficiente para que el corazón deje de latir, de esperar, de mirar la ventana...



Nunca había visto a alguien morir de tristeza, pero a la abuela Nachita ya no le salían lágrimas y se le comenzó a salir el corazón, un corazón roto, confundido y cansado de esperar.


Andrés Castuera-Micher
13 de agosto 2010
Ilustrado por: Eugenia V. Cano

4 comentarios:

  1. Muy bello relato Andrés... Conmovedor... Emotivo... Eres un excelente escritor, pero sobre todo un excelente ser humano... sensible y con los ojos del alma hacia afuera... mirando a los otros... Un abrazo para tu alma triste por la tristeza de tu padre y de Nachita... que, tal vez, en estos momentos ya no lo esté tanto...

    "En verdad creo que se inventaba todos esos dolores en las piernas y los brazos y la cabeza para que no le doliera tanto el corazón."

    Angélica Santa Olaya.

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  2. esta muy bonito Hasta a mi me hiso llorar como a mi mama. espero que la abuela nachita no sufra ahora que se fue.No la vi despues del martes pero cuando se despidio de mi fue como su ultima despedida para mi.


    ZOE HIDALGO

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  3. Siento tu perdida, un buen relato, hay cómo tu dices hay personas que escriben cuando pasa algo así, y es la única forma de despedirse. Lo entiendo porque apenas hace tres semanas me sucedió algo parecido y de la única forma que me despedí fue escribiendo. Me alegro de estar en tu clase. Saludos.

    Atte. Enrique Romero Cruz.

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  4. Exclente relato, muy emotivo y con una carga afectiva profunda que solo puede mostrar alguien que ha querido tanto.

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