15/8/10

¿Ser o no ser?


Hamlet, tras su honorable muerte a manos de una traición engalanada entre laureles, había sido juzgado en el más allá y declarado culpable de matar a su madre, por lo que fue condenado a regresar al mundo en pleno siglo XXI. Para evitar que se levantara en armas en algún reino europeo, fue soltado en plena avenida Paseo de la Reforma.
Con su ropaje negro y su barba pintoresca, miraba el obelisco de la independencia, preguntándose si aquella mujer disfrazada de ángel había hecho algo similar a él, algo  tan malo para que su castigo fuera estar en medio de ese lugar cubierta de oro y sin hablar.

Lejos de asustarse por la imprudencia de los conductores del transporte público Hamlet se reía de aquellas bestias enjauladas aplastándose las unas a las otras. Le recordaba las caravanas de prisioneros de antaño. Nada parecía intimidarlo, ni las risas que provocaba al caminar con esa gallardía.  
Lo que lo dejó boquiabierto y con el corazón roto, fue el estado en que se encontraban los músicos: sucios y en la calle sin que nadie los escuchara. ¿En qué mundo lo habían desterrado del cielo? ¿Qué urbe era ésta en la que los artistas eran tratados como pordioseros?  Hamlet, se puso una clara misión en la cabeza: clamaría justicia y buscaría a como diera lugar al tirano y dueño de aquel imperio de la "eme amarilla con fondo rojo" cuyos estandartes se alzaban soberbiamente por toda la comarca. 

Enardecido por la injusticia, aquel renacentista de locura oculta, irrumpió en el palacio de “M” exigiendo que el tirano de ese lugar le diera la cara.

Se paró frente a una de las doncellas raramente vestidas, al entender de Hamlet, una de las tantas que recibían las quejas del pueblo hambriento e inconforme a quienes callaban con una miserable ración de carne y pan.
- ¿Ser o no ser? – preguntó a la doncella.
- ¿Papas y refresco grande por dos pesos más? – respondió.

® 201o, Andrés Castuera-Micher. Publicado en 2017 en el libro "Renglones que Saben a Ciudad"

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