02/11/11

Ofrenda para los vivos

Ofrenda para los vivos


A mi ya no me caben tantas y tantos muertas y muertos en mi ofrenda...

Mi hija, la menor, se acercó con la foto de Mario Benedetti,  adivinando, que, como 
el año anterior, pondríamos un pequeño altar a la orilla de la ventana, con  una 
matera, dos barras de dulce de leche y algunos poemas del maestro. 
Sin embargo, no tuve ánimo siquiera de comprar un ramo pequeño de flores
 de  cempazúchitl. La radio convulsiona casi en cualquier estación tratando 
de sumar los muertos en la última semana, las páginas de los periódicos 
apestan a morgue  de tantos cadáveres que aparecen fotografiados y, 
en el mejor de los casos, descritos en alguna nota que intenta no caer 
en un amarillismo propio de una realidad que ha superado a la ficción.
No sé si con la muerte tan viva,  se pueda celebrar el día de Muertos, 
sin tratar de ir a contracorriente con una tradición ancestral, ni mucho 
menos atacar o molestar a quienes en estos momentos se encaminan 
a los panteones o rezan frente a las ofrendas; pero a mí me parece 
que las muertas y muertos en estos días, en este pedazo de tierra 
hipotecado por la miseria llamado México, la muerte ya no es cosa de juego. 
No sé si los mexicanos podemos reírnos de la parca como años atrás. 
No me imagino poniendo una ofrenda cerca de los miles y miles de 
deudos con lágrimas aún frescas por lo reciente e inexplicable de sus pérdidas.
Dando vuelta a la página, comparto que traté de ver la ofrenda como un homenaje, 
como un recuerdo, hasta como un acto de protesta hogareña  por todas esas muertas 
y muertos. Pensé poner la fotografía de cada uno de los  niños y niñas que 
murieron incineradas por la negligencia en la guardería ABC hace poco más de un año; 
tendría, además, que colocar miles de cruces rosas en cada centímetro de la 
ofrenda con los nombres de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez, 
a las que muchos nombran irresponsablemente “Las Muertas de Juárez”, 
(como si hubieran muerto de causas naturales, o por la edad,  
como si asesinada y muerta fueran lo mismo, achacando, 
por si fuera poco, a don Benito Juárez crímenes que no cometió).
Esta idea me inclina a dedicar un altar a nuestras mujeres desaparecidas, no sólo por 
haber sido asesinadas, si no borradas por las otras  muertes más recientes, 
más comerciales, y menos vergonzosas para algunos en el poder y que además 
llevan el logotipo de “guerra contra el narco”; éstas que se han empeñado en sumar 
día con día para olvidar, aún más, a las olvidadas del desierto. Luego pensé 
que las otras, son igualmente muertes, igualmente dolorosas, y el que sean
 usadas como cortina de humo para tapar una de las grandes heridas del país, 
eso no es culpa de las víctimas.

Así, mi ofrenda tendría que tener a todos los niños y niñas acribillados por 
soldados quienes, sin ley, disparan a los inocentes en fuego cruzado, 
a los que por caminar en la calle les estalla una granada, a los mojados 
del  sur que matamos como perros mientras criticamos que a nuestros 
mojados del norte nos los matan como perros, a los jóvenes que se han 
vuelto el manjar favorito de un gobierno que los “ninea” indiscriminadamente 
al grado de volverlos el nuevo blanco de sus “enemigos” los narcos…
 Después tendría que buscar la manera más simbólica y discreta de representar 
a los muertos que no salen en las noticias.
Con un dolor en el  estómago  y la mirada interrogante de mi hija ante esa 
inactividad para poner la ofrenda, solo le respondí con la voz entrecortada: 
“Es que de verdad no me caben tantas muertas y muertos en mi ofrenda”.
Pienso, ¿qué les iba a poner a estas muertas y muertos en el altar? 
Si no están pidiendo comida, ni fotografías, ni veladoras, tampoco las flores, 
lo que piden es justicia, ¿eso cómo se pone en una ofrenda? 
Lo más que pensé fue dejar cientos de vasos de agua para saciar esa sed 
de justicia, pero ni el agua de toda la casa, la colonia, el país, el mundo sería suficiente.
No creo que los muertos de hoy necesiten una ofrenda,  mucho menos si, 
ya muertos, los hemos matado otra vez con nuestro silencio.

Entonces, mi silencio, tan culpable e irresponsable, fue invadido por un 
pensamiento siniestro a través de un hormigueo ascendente en cada 
uno de los nervios que me quedan y concluí que quizá tendría que hacer 
esa ofrenda para mí. Una ofrenda para un vivo cuyo porcentaje de 
sobrevivencia en un día cualquiera se reduce exponencialmente cada tarde, 
cada noche, en cada semáforo, en cada esquina. 

Quizá, sería conveniente dejar instrucciones precisas sobre lo que me 
gustaría en mi ofrenda, ante la inminente posibilidad de necesitarla el próximo año.
Las ideas que me llevaron a pensar que habría que poner, más bien, 
una ofrenda a los vivos. A esos vivos tan muertos como yo, ésos 
que viven en un país que se tutea con la muerte,  pero no al estilo 
burlesco de Posadas, más bien al extremo de tenerla en la 
nómina de la federación, con su respectiva compensación garantizada.
En esa ofrenda, pondría, después de mi retrato, la fotografía de mis dos hijas, 
de quienes la justicia disfrazada de ministro misógino y corrupto, ya se burló y
escupió en la cara, porque al ser mujeres, y al estar sin jueces que hagan 
valer las leyes para protegerlas, su vida es blanco fácil de la impunidad. 

Agregaría a todas las mujeres vivas de Juárez, mujeres trabajadoras, 
emigrantes de sus pueblos que por falta de oportunidades y que sin 
ir más lejos, sólo por ser mujeres, gozan involuntariamente de la 
indiferencia machista de procuradores ciegos, sordos y de carrera 
política ascendente. Incluiría  a las mujeres de todo el país.
Después pondría a los periodistas que tanto admiro, quienes se han ganado 
la muerte en vida por no vender su tinta, no arrendar sus ideas y 
no parar las prensas valientes, ni siquiera viendo la sangre correr 
en las prensas vecinas.
Pondría también a todos los que conducen en las carreteras y han caído 
muertos luego de pasar por un retén militar, sólo por la infinitésima
 posibilidad de ser narcotraficantes al volante  a plena luz del día 
en vehículos sedán, de modelo antiguo y con toda su familia a bordo.
Y no podría dejar de poner a los enfermos, aquí sólo a los pobres, 
que dependen de la Salud Pública para salvar su vida, ante la 
indiferencia de autoridades con Seguro de Gastos Médicos Mayores 
en aseguradoras de paga.
Después, tendría que poner a los “ni ni ni ni” ni estudian, ni trabajan 
con salario, ni tienen donde hacerlo, ni tienen una motivación para ello. 
A toda esta juventud regada en las regiones más apartadas y marginadas del país, 
que no salen en las estadísticas, ni en las fotos, a estos vivos los pongo 
porque si murieran nunca nos enteraríamos.
Voy a poner también a cualquier joven, adicto, ex adicto, lavacoches, 
transeúnte, estudiante… a cualquiera, porque hoy en México, la principal 
causa de muerte  es la juventud.
Y después voy a poner al águila, sin bandera y sin nopal, al centro del altar, 
agonizando, y con las alas tapándose el rostro, porque en mi país 
no hay vivo que no este muerto.
Habría que poner una ofrenda para los vivos...
Andrés Castuera-Micher 

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