10/8/12

Juliana




Esto sucedió un martes a las siete cuarenta y cinco de la mañana, la historia comenzó en el metro Potrero y nadie sabe dónde terminaría…

Lo que era fácil de notar era que, a pesar de la prisa de los demás, a Juliana no parecía interesarle el vértigo a su alrededor. Se acomodó en uno de los asientos solitarios que todavía conservan los viejos trenes del metro, sacó de su enorme bolsa un espejo, miró atenta su falta de maquillaje y comenzó el ritual de cada mañana.

Con una destreza increíble, tomó el rubor con la mano izquierda sin soltar el espejo por el cual, a la vez que observaba los detalles a cubrir, vigilaba también las miradas que le acechaban en los asientos vecinos y una que otra entre la multitud que ya, desde Guerrero, se apretujaba estilo sardina. Puso tres montones de rubor líquido en puntos estratégicos de su cara para luego, con el dedo índice, hacerlo rendir al máximo por cada una de sus mejillas, frente, nariz y barbilla…

El espejo siempre le iba diciendo en que podía ir mejorando el aspecto de su cara, como si le dictara qué objeto sacar de esa bolsa, la cual parecía contener todo lo necesario: sombra, rímel, labial y todos los etcéteras que se les puedan ocurrir…

Ya en Hidalgo, los apretones eran insoportables, los codos, mochilas y portafolios, pasaban a centímetros de la cabeza de Juliana quien no hacía nada por esquivarlos, como si cada gota de maquillaje, pusiera un campo de fuerza que la cuidaba de los golpes normales de las siete cincuenta de la mañana.

En el momento de poner el labial rojo, número siete, ella tenía ya catorce enamorados fugaces, seis de los cuales habían tenido que bajar dolorosamente en Balderas, con el recuerdo de su sonrisa a medio pintar y, el resto, trataba de seguir mirando el ritual del maquillaje entre los sacos, camisas, hombros y brazos colgando del tubo…

Pero eso hoy, a Juliana no le importa, esta vez el espejo le ha notado algo nuevo en la sonrisa y con un guiño de ojo se lo ha revelado.

En Etiopia, arrojó un suspiro que hizo voltear al señor que leía los resultados del futbol y causó un sobresalto en el chavo que dormitaba en el trayecto a Ciudad Universitaria.

Juliana tiene una cita a las nueve y media muy cerca de Copilco, no quiere llegar tarde y quiere llegar con su mejor sonrisa.

En Zapata ya se puede ver mucho mejor el resultado del maquillaje, se ha despejado la multitud, ya sólo quedan los estudiantes, profes, trabajadores y otros que van hasta Ula UNAM. Los ojos le quedaron azul turquesa, la sonrisa muy roja, las mejillas con un toque anaranjado… 

No queda nadie en el vagón que haya visto a Juliana sin maquillaje, así que para todos: esa es Juliana.

El señor del periódico futbolero, una vez que ha visto que perdió de nuevo el Guadalajara renunció a su lectura y trata de adivinar cuantas cosas trae Juliana en esa bolsa.

En Miguel Ángel de Quevedo, Juliana suspira por segunda vez, está segura de que su vida cambiará en unos minutos, y quiso enfrentarlo con su mejor y más pintada curva en el rostro.

Copilco, Juliana sale apresurada del vagón en pleno timbre de cierre de puertas y toma la escalera eléctrica….

El sobre con los resultados ya está en el cajón de la recepcionista y el laboratorio a unas cuadras del metro…

Juliana tiene una cita a las nueve treinta y cinco y, minutos después,  va a enterarse de que hace unas semanas, no viaja sola en el metro.


Esto nadie me lo contó, lo vieron estos ojos que se han de comer los gusanos, y si no, pongan atención en Potero, o en Tlatelolco, y esa muchachita que se está pintando los ojos de azul, ha de ser Juliana.


®Andrés Castuera-Micher (2012)

Publicado en la revista "Merolico" Número 2, Abril 2012
Publicado en 2017 en el l ibro: "Renglones que saben a Ciudad"

Dibujo: "Año nuevo, dibujo nuevo" ®Emmanuel Goyer 
http://emmgoyer7.wordpress.com/

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