21/8/12

Noé



Cuando te subes al metro, puedes tener en la cabeza más de cien cosas: el calor, los apretones, la hora, el trabajo o la música reventándote los oídos, entre muchas otras que son parte del cotidiano andar por los túneles, andenes y vagones; pero difícilmente piensas que uno de esos viajes puede cambiarte la vida de forma definitiva o darte una prueba de fe cómo la que Noé me enseñó aquel día en Lindavista…

Iba sumamente retrasado, tenía quince minutos para llegar o perdería la oportunidad que había esperado por meses. Desde Vallejo comencé a dar por perdida aquella cita tan importante, en Instituto del Petróleo el tren tardó más de siete minutos, lo que le restó la mitad, al tiempo que me quedaba para llegar con una puntualidad de quince minutos tarde. 

Cuando por fin se abrieron las puertas en Lindavista, mis pasos explotaron, llevando tras de sí el resto de mi cuerpo, resignado, pero impulsado por la prisa.

Y precisamente en ese momento, en el que no quería nada que me detuviera, llegó él. 

- ¿Me puede llevar a la salida? - Escuché tras de mí; pero por la prisa me dispuse a ignorar esa voz.

- Amigo, ¿sí me puedes ayudar? Es que creo que me equivoqué de escalera y me perdí – continuó la voz de aquel señor con bastón y mirada ausente.

Tratar de ignorarlo por segunda vez ya era un acto de verdadero desacato a las reglas mínimas de la moral. A estas alturas me quedaba claro que, aquel ciego, me haría perder definitivamente la cita de las cinco, a la que pretendía llegar a las cinco y veinte.

- ¿A qué salida vas? –  Le dije resignado, pero con una voz que denotaba mi incomodidad al haber sido interrumpido en mi carrera contra el reloj.

- A la que da al sitio de taxis – Dijo agradecido, al tiempo que me tomaba del brazo adoptándome como Lazarillo provisional.

- Me llamo Noé – Me dijo. - Es que voy a esperar a mi mamá.

Sabía perfectamente la salida a la que se refería y era exactamente la contraria a la que yo buscaba, sin embargo, cedí a llevar al ciego a la espera de su madre. Veinticinco minutos después de la hora de mi cita, no había más que hacer.

Mientras subíamos las escaleras, el señor me iba diciendo cosas a las que no puse mucha atención, eran demasiados lentos sus pasos y mi prisa no pudo hacer que se apurara siquiera un poco. Pero, de pronto, una pregunta que me hizo me puso la piel chinita.

- ¿Amigo, crees en Dios? – me dijo en el penúltimo escalón.

Confieso que no supe que responder, el tono de su voz era una mezcla entre ternura, devoción y duda. Sencillamente musité algo entre dientes, algo parecido a una afirmación complaciente.

- Pues deberías – me dijo clavándome sus ojos ciegos, cómo si supiera exactamente dónde estaba mi mirada. – Acá me quedó, gracias. – Añadió mientras se sentaba en una jardinera de piedra, la cual había calculado con suma precisión.

- ¿Aquí vas a esperar a tu mamá? – Le dije preocupado al ver la soledad y lo peligroso del lugar.

- Sí, muchas gracias. – Concluyó mientras recargaba la barbilla en su bastón.

Satisfecho a medias, corrí al café dónde me habían citado. Afortunadamente, otra serie de asuntos, habían entretenido a las personas que tenía que encontrar. Durante las más de cuatro horas que duró la reunión, una y otra vez, venía a mi mente la pregunta que aquel ciego me había hecho y que no pude responder. ¿Creía yo en Dios?

De regreso, pasaban ya de las diez de la noche, cuando caminé a la entrada de la estación Lindavista y, antes de ingresar, no pude evitar mirar, al  otro lado de la avenida, al sitio en que había  dejado a Noé y, cuál sería mi sorpresa,  al ver que seguía ahí, como estatua de piedra.
A la velocidad de un gatillo que se activa accidentalmente, bajé la escalera a velocidad récord, pero, en lugar de ir a los torniquetes, me dirigí a la otra salida y no pude evitar dirigirme a él, en el mejor de los casos, se había quedado dormido y era momento de despertarlo. Pero dirigió sus ojos hacía mí, lo que me avisó que estaba totalmente despierto.

            - Hola, amigo. ¿Ya de regreso? – murmuró cómo si hubieran pasado cinco minutos.

- ¿Estás seguro que es aquí? ¿En la salida del metro Lindavista? – Le dije a Noé que seguía en la misma posición y lugar en que lo había dejado.

- Sí, amigo, es aquí. Frente al sitio de taxis. Ya no debe tardar – Continuó con una calma difícil de entender.

- Pero llevas más de cuatro horas esperando.

- Llevo esperando desde los doce años, amigo.  Mamá me dijo, aquí espérame, no me tardo y no te muevas de aquí. Así que ya no debe tardar.


Desde entonces, sin que Noé lo sepa, me siento todas las tardes, de cinco a seis, a esperar  con él, en la jardinera de enfrente.

®Andrés Castuera-Micher (2012)
Publicado en la revista "Merolico" Número 5, Agosto 2012.
Publicado en 2017, en el libro "Renglones que saben a CIudad"



1 comentario:

  1. Karla Ivonne Abarca22 de agosto de 2012, 10:05

    !muy lindo!... y que hermosa lección !! aun ,cuando el tiempo era preciso, justo , venció más la bondad y el detenerse ayudar al que lo estaba necesitando, ahí es donde se manifiesta un ser supremo, para probarnos.

    ResponderEliminar