8/5/10

Retrato Familiar





La calle estaría oscura de no ser por la linternita del Barbas que, esa noche, había tenido suerte. Alguien había perdido su bolsa y en ella había fotos como para acompañarlo en lo que quedaba del día. Poco dinero en realidad, una lamparita y una cartera llena de fotos de dos niñas sonriendo con sus padres abrazándolas, en otra, una de ellas con la cara llena de pastel. Una por una, el Barbas, acomodó las fotos en su banca de cemento del parque, lo hizo con gran familiaridad, como si conociera a las pequeñas desde siempre. Tomó su navajita y con ella recortó la figura de los papas, extrañamente, decidió dejar a la madre en uno de los retratos, quizá porque ella, al perder el bolso, había motivado esa felicidad.

Ya no estaba solo, tenía dos hijas extraordinarias: Tania y Fabiola, la mayor que se dedicaba a vivir la vida de una manera práctica, a veces parecía que lo tenía todo bajo control y rara vez se dejaba sorprender por algo o alguien. Las discusiones con Tania y su papá normalmente eran por cosas triviales, pero que en boca de Tania tomaban un tinte de fabulosas hasta que, claro está, Fabiola terminaba por tachar todo de “idealismo estúpido”.

Era la familia perfecta, cumplía al pie de la letra con el estereotipo para su colonia y su religión o lo que es igual: todos contra todos, aunque en realidad nadie se interesaba por el otro.

Cuando niñas, las peleas nunca pasaban de escupirse la una en la sopa de la otra, aun sabiendo que su padre se las haría tragar a como diera lugar. El tiempo pasó y la sopa fría y asquerosa pasó también a segundo plano, ahora reñían por tener la razón en cuestiones que consideraban más importantes.

Finalmente, Tania, sin importarle la opinión de Fabiola llevó a Julio a comer a casa. Se sentía tan segura de sí misma que poco importaría lo que dijera su hermana. ¿Qué sabía una contadora del amor, después de todo?

El padre de la pequeña sólo se dedicó a escuchar las palabras de Julio, callando los celos, la rabia y el temor. Eran más de veinte años y treinta libros los que separaban a su hija de aquel tipo que hablaba de todo como si de todo supiera. Julio sería el promotor del primer libro de poesía de Tania y Tania había decidido ser su amante intelectual y sexual y, con suerte, algún día su musa.

Fabiola se quedó callada toda la cena y sus ojos no podían dejar de ver al escritor. Toda su carrera de números se fue al suelo ante la genialidad de alguien que ve la vida desde un castillo en el aire.

Tania y su padre hicieron un pacto de silencio: no se hablaría al respecto. Julio, entre halagos, miradas y reproches callados; se fue a casa esa noche pensando en la hermana mayor de aquella pequeña que escribía versos, a su gusto, demasiado acaramelados.

Fabiola estaba dispuesta a escupir de nuevo en la sopa de su hermana menor y le escupió tantas veces hasta que, un día, con el vientre cargado de la palabrería de Julio, tuvo que irse de la casa ante los insultos de Tania y la impotencia de su padre.

Tania la encontró meses después con las ideas de Julio a punto de estallarle el vientre. De inmediato Fabiola quiso regresar al otro lado de la calle, pero su hermana la siguió hasta que su estado no la dejó caminar más y se detuvo. Tania le gritó tantas palabras como nunca había leído en los libros que devoró en su carrera. Entre reproches y groserías le hizo un retrato hablado de la vida que le habían jodido ella y ese escritor al que, a pesar de todo, aún seguía necesitando.

-Julio se fue – le gritó a Tania como nunca había gritado – se fue y nunca regresó.

El silencio entre las dos fue el único momento que tuvieron como hermanas en casi toda su vida, exceptuando cuando compartían sus muñecas.

El Barbas mojaba a cántaros de lágrimas la foto de sus hijas. Esculcando el bolso con la lamparita azul, había hallado aquel libro de pasta azul del que nadie se acuerda del título, la verdad es que la mayoría de los curiosos sólo se fijaron en la sangre, la navaja y la foto del autor extrañamente despedazada en la contraportada del libro.

Nadie extrañaría al Barbas, si acaso, aquellos retratos que quedaron en la banca mirando cómo se llevaban la soledad desangrada de aquel hombre.

® 2012, Andrés Castuera-Micher. Publicado en 2017 en el libro "Renglones que Saben a Ciudad"

1 comentario:

  1. Las palabras se hacen mas fuertes cuando van al gimnasio de tu mente...

    ResponderEliminar