29/5/10

Yo confieso


Yo no he visto a ningún muerto que resucite. Las manos todavía olían a sangre y la sangre todavía olía a culpa.

-Arrepiéntete y dios habrá de perdonarte - Dijo el sacerdote oculto en la comodidad de su recinto “confesional” desde donde pensaba en aquella catequista de ojos verdes ignorando los ojos llenos de odio de Martín.

-       ¿Dios me perdona padre, por haber matado a mi hermano?

Las respuestas del cura dieron a Martín la seguridad de empuñar su pistola. El cura se acomodaba las gafas al tiempo que la pequeña Clara aceleraba sus labios y lengua arrodillada ante su sexo.

- No me entiende- prosiguió – no me arrepiento padre, lo maté y quiero que dios me perdone, porque de todos modos lo hubiera matado algún día.

El padre se disponía a meter la mano dentro de la blusa rosada de la niña para corresponder a aquellas caricias obligadas y silenciosa… Casi no podía escuchar la voz quejumbrosa de Martín. Sólo quería terminar pronto esa confesión para desnudar de nuevo ese cuerpo que invadía su mente noche tras noche.

- No me entiende padre – prosiguió Martín con la vida hecha pedazos.
- Ve y no peques más – digo el cura casi de forma autómata.
- ¿Dios me ha perdonado?
- Dios lo perdona todo… - prosiguió conteniendo los gemidos que auguraban una eyaculación bastante copiosa.

Martín salió agachado del confesionario, miró con tristeza al hombre que expiaba en la cruz los pecados que él acababa de cometer.  Se llevó el revólver a la boca y el disparo musicalizó el semen que llenaba la boca de la hija de Martín, oculta y arrodillada, ignorando que la boca de su padre, al mismo tiempo, se había llenado de pólvora.



® 2007, Andrés Castuera-Micher. Publicado en 2017 en el libro "Renglones que Saben a Ciudad"

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